Cámaras, votaría para destituirlo de St. James’s, pero me alegraría de verle retirarse a Houghton Hall para pasar el resto de sus días en la tranquilidad y el placer”.
El autor se complace al comprobar que, una vez depuestas las animosidades y cesada la calumnia, casi toda la nación ha retornado a los mismos sentimientos moderados respecto a este gran hombre, si es que no se han vuelto más favorables hacia él, por una transición muy natural de un extremo a otro.
El autor no se opondría a esos sentimientos humanitarios hacia el difunto, aunque no puede dejar de señalar que el no haber saldado una mayor parte de nuestras deudas públicas fue, tal como se insinúa en este retrato, un gran error —y el único gran error— en aquella larga administración.