capacidad, de los empleos públicos por intervalos. Segundo, su Ley Agraria es impracticable. Los hombres pronto aprenderán el arte, que se practicaba en la antigua Roma, de ocultar sus posesiones bajo nombres ajenos, hasta que al fin el abuso sea tan común que se despojen incluso de la apariencia de moderación. Tercero, la Oceana no ofrece una seguridad suficiente para la libertad o el resarcimiento de agravios. El senado debe proponer, y el pueblo consentir; por lo cual el senado no solo tiene un veto sobre el pueblo, sino que, lo que es de infinita mayor importancia, su veto se anticipa a los votos del pueblo. Si el veto del rey fuera de la misma naturaleza en la constitución inglesa, y pudiera impedir que cualquier proyecto de ley llegara al Parlamento, sería un monarca absoluto. Como su veto sigue a los votos de las Cámaras, tiene escasa importancia; tal es la diferencia que hay en la manera de disponer una misma cosa. Cuando un proyecto de ley popular ha sido debatido en las dos Cámaras, es llevado a su madurez, y todas sus conveniencias e inconveniencias son sopesadas y equilibradas, si luego se presenta para la sanción real, pocos príncipes se arriesgarán a rechazar el deseo unánime del pueblo. Pero si el rey pudiera aplastar un proyecto desagradable en embrión (como ocurrió, durante algún tiempo, en el Parlamento escocés, por medio de los Lores de los Artículos), el Gobierno británico no tendría equilibrio, ni jamás se remediarían los agravios. Y es cierto que el poder exorbitante no proviene, en ningún gobierno, tanto de las nuevas leyes como de descuidar la corrección de los abusos que surgen con frecuencia de las viejas. Un gobierno, dice Maquiavelo, debe ser traído a menudo de vuelta a sus principios originales. Parece entonces que en la Oceana puede decirse que todo el poder legislativo recae en el senado; lo cual Harrington reconocería que es una forma inconveniente de gobierno, especialmente después de que la Ley Agraria sea abolida.
He aquí una forma de gobierno a la que no puedo, en teoría, encontrarle ninguna objeción considerable, {p217}
Divídanse la Gran Bretaña y la Irlanda, o cualquier otro territorio de igual extensión, en cien condados, y cada condado en cien parroquias,