la humanidad que la dotara de toda clase de virtudes y la librara de toda clase de vicios, esto no concierne al magistrado, que solo aspira a lo posible. Él no puede curar todos los vicios sustituyéndolos por una virtud. Muy a menudo solo puede curar un vicio con otro, y en tal caso debe preferir aquello que sea menos pernicioso para la sociedad. El lujo, cuando es excesivo, es fuente de muchos males; pero en general es preferible a la pereza y la ociosidad, que por lo común ocuparían su lugar y son más perniciosas tanto para los particulares como para el público. Cuando reina la pereza, prevalece entre los individuos un modo de vida mezquino e inculto, sin sociedad, sin disfrute. Y si el soberano, en tal situación, exige el servicio de sus súbditos, el trabajo del Estado apenas basta para proporcionar lo necesario para la vida a los trabajadores, y no puede ofrecer nada a quienes se emplean en el servicio público.
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De la refinación en las artes
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