La Cámara de los Cuentas es el sostén de nuestro gobierno popular, y todo el mundo reconoce que debió su principal influencia y consideración al auge del comercio, el cual arrojó semejante equilibrio de propiedad en manos del común.
¡Cuán incongruente resulta entonces censurar con tanta violencia un refinamiento en las artes, y presentarlo como la ruina de la libertad y del espíritu público!
Declamar contra los tiempos actuales y magnificar la virtud de los antepasados remotos es una propensión casi inherente a la naturaleza humana; y como los sentimientos y opiniones de las edades civilizadas son los únicos que se transmiten a la posteridad, de ahí que {p24} nos encontremos con tantos juicios severos pronunciados contra el lujo, e incluso contra la ciencia; y de ahí que en la actualidad les demos un asentimiento tan pronto.
Pero el sofisma se descubre fácilmente si comparamos a diferentes naciones contemporáneas, respecto de las cuales juzgamos con mayor imparcialidad y podemos contraponer mejor aquellas costumbres con las que estamos suficientemente familiarizados.
La traición y la crueldad, los vicios más perniciosos y odiosos de todos, parecen propios de las edades incultas y, por parte de los refinados griegos y romanos, se atribuían a todas las naciones bárbaras que los rodeaban. Con razón habrían podido presumir, por tanto, que sus propios antepasados, tan encumbrados, no poseían mayor virtud y eran tan inferiores a su posteridad en honor y humanidad como en gusto y ciencia.
Un antiguo franco o sajón puede ser muy loado; pero creo que cualquiera consideraría su vida o su fortuna mucho menos segura en manos de un moro o un tártaro que en las de un caballero francés o inglés, la clase de hombres más civilizada de las naciones más civilizadas.