Parece haber una feliz concurrencia de causas en los asuntos humanos que frena el crecimiento del comercio y la riqueza, y evita que se queden confinados por entero a un solo pueblo, como en un principio podría temerse de forma natural debido a las ventajas de un comercio establecido.
Cuando una nación le saca ventaja a otra en el comercio, le es muy difícil a esta última recuperar el terreno perdido, debido a la superior industria y habilidad de la primera, y a los mayores capitales que poseen sus comerciantes, los cuales les permiten operar con márgenes de ganancia mucho más pequeños.
Pero estas ventajas se compensan, en cierta medida, por el bajo precio de la mano de obra en toda nación que no tiene un comercio extenso y no abunda demasiado en oro y plata.
Las manufacturas, por lo tanto, cambian de lugar gradualmente, abandonando aquellos países y provincias que ya han enriquecido, y volando hacia otros, adonde se ven atraídas por la baratura de las vituallas y de la mano de obra, hasta que enriquecen también a estos y vuelven a ser desterradas por las mismas causas.
Y, en general, podemos observar que el encarecimiento de todo, derivado de la abundancia de dinero, es una desventaja que acompaña a un comercio establecido y le pone límites en todos los países al permitir que los Estados más pobres vendan a menor precio que los más ricos en todos los mercados extranjeros. {p29}
Esto me ha hecho albergar una gran duda respecto al beneficio de los bancos y del crédito de papel, que tan generalmente se consideran ventajosos para todas las naciones. Que las provisiones y el trabajo se encarezcan por el aumento del comercio y del dinero es, en muchos aspectos, un inconveniente; pero un