Habiendo procurado disipar una especie de celo infundado tan prevalente entre las naciones comerciales, no estará de más mencionar otro que parece igualmente carente de fundamento.
Nada es más habitual, entre los estados que han avanzado algo en el comercio, que mirar con ojo suspicaz el progreso de sus vecinos, considerar a todos los estados comerciales como rivales y suponer que a ninguno le es posible florecer sino a expensas de los demás.
En oposición a esta opinión estrecha y maligna, me atreveré a afirmar que el incremento de la riqueza y el comercio en cualquier nación, lejos de perjudicar, promueve comúnmente la riqueza y el comercio de todos sus vecinos; y que un estado difícilmente puede llevar su comercio e industria muy lejos cuando todos los estados circundantes se hallan sepultados en la ignorancia, la pereza y la barbarie.
Es evidente que la industria nacional de un pueblo no puede verse perjudicada por la mayor prosperidad de sus vecinos; y como esta rama del comercio es sin duda la más importante en cualquier reino extenso, estamos muy lejos de toda razón de recelo. Pero voy más allá, y observo que, cuando se mantiene una comunicación abierta entre las naciones, es imposible que la industria nacional de cada una de ellas no reciba un estímulo a partir de las mejoras de las demás. Compárese la situación de Gran Bretaña en la actualidad con la que tenía hace dos siglos. Todas las artes, tanto de la agricultura como de las manufacturas, eran entonces sumamente rudimentarias e imperfectas. Cada mejora que hemos hecho desde entonces ha surgido de nuestra imitación de los extranjeros, y debemos considerarnos muy afortunados de que ellos hubieran avanzado previamente en las artes y el ingenio.