Pronto la imitación difunde todas esas artes; mientras que los fabricantes nacionales emulan a los extranjeros en sus perfeccionamientos, y elevan cada mercancía local hasta la máxima perfección de que es susceptible. Su propio acero y hierro, en manos tan laboriosas, se vuelven iguales al oro y a los rubíes de las Indias.
Cuando los negocios de la sociedad se encuentran una vez en esta situación, una nación puede perder la mayor parte de su comercio exterior y, sin embargo, seguir siendo un pueblo grande y poderoso. Si los extranjeros no quieren comprar ninguna de nuestras mercancías particulares, debemos dejar de trabajar en ellas. Esas mismas manos se dedicarán a algún refinamiento en otras mercancías que puedan {p12} necesitarse en el país. Y siempre ha de haber materiales sobre los cuales trabajar, hasta que toda persona en el Estado que posea riquezas disfrute de tanta abundancia de mercancías nacionales, y estas con tanta perfección, como desee; lo cual nunca puede suceder. China se nos presenta como uno de los imperios más prósperos del mundo, aunque tiene muy poco comercio más allá de sus propios territorios.
No se considerará, espero, como una digresión superflua si observo aquí que, así como la multitud de artes mecánicas es ventajosa, también lo es el gran número de personas en cuya participación recaen las producciones de dichas artes. Una desproporción demasiado grande entre los ciudadanos debilita cualquier Estado. Toda persona, de ser posible, debería disfrutar de los frutos de su trabajo, en plena posesión de todas las necesidades y muchas de las comodidades de la vida.