Ya fuera un hombre ciudadano o extranjero entre aquel pueblo, parece en verdad necesario que o bien se empobreciera a sí mismo o el pueblo lo empobrecería a él, y tal vez lo mataría de yapa. El orador antes mencionado da una divertida cuenta de una hacienda gastada en el servicio público65—es decir, más de la tercera parte en fantasmagorías y danzas figuradas. {p135}
No necesito insistir en las tiranías griegas, que fueron del todo horribles. Incluso las monarquías mixtas, por las cuales se gobernaban la mayor parte de los antiguos estados de Grecia antes de la introducción de las repúblicas, fueron muy inestables. Difícilmente alguna ciudad, aparte de Atenas, dice Isócrates, pudo mostrar una sucesión de reyes durante cuatro o cinco generaciones.
Aparte de muchas otras razones obvias de la inestabilidad de las monarquías antiguas, la división igualitaria de los bienes entre los hermanos en las familias particulares debe, por consecuencia necesaria, contribuir a desestabilizar y perturbar al Estado.
La preferencia universal dada al mayor por las leyes modernas, aunque aumenta la desigualdad de las fortunas, tiene, sin embargo, este buen efecto: que acostumbra a los hombres a la misma idea de sucesión pública y corta toda pretensión y derecho de los menores.
La recién fundada colonia de Heraclea, al caer inmediatamente en luchas de bandos, recurrió a Esparta, la cual envió a Herípidas con plena autoridad para calmar sus disensiones. Este hombre, sin haber sido provocado por ninguna oposición ni inflamado por la furia partidista, no conoció mejor recurso que condenar a muerte de inmediato a unos 500 ciudadanos. Una prueba contundente de cuán profundamente arraigadas estaban estas violentas máximas de gobierno en toda Grecia. {p136}
Si tal era la disposición de los ánimos entre aquel pueblo refinado, ¿qué puede esperarse en las repúblicas de Italia, África, España y la Galia, que