Pero aunque este reciente ejemplo parece decidir claramente en favor del actual orden de cosas, hay algunas circunstancias que deben ponerse en la otra balanza, y es peligroso regir nuestro juicio por un solo acontecimiento o ejemplo.
Hemos tenido dos rebeliones durante el período floreciente mencionado anteriormente, además de complots y conspiraciones sin número; y, si ninguno de estos ha producido ningún {p210} acontecimiento muy fatal, podemos achacar nuestro escape principalmente a la mente retraída de aquellos príncipes que disputaron nuestro establecimiento, y podemos considerarnos por ello afortunados. Pero las pretensiones de la familia desterrada, me temo, no han quedado aún obsoletas, y ¿quién puede predecir que sus futuros intentos no producirán mayor desorden?
Las disputas entre el privilegio y la prerrogativa pueden resolverse fácilmente mediante leyes, votos, conferencias y concesiones, siempre que exista un temple o una prudencia tolerables en ambas partes, o en cualquiera de ellas. Entre títulos en disputa, la cuestión solo puede determinarse mediante la espada, la devastación y la guerra civil.
Un príncipe que ocupa el trono con un título discutido no se atreve a armar a sus súbditos, el único método de asegurar plenamente a un pueblo, tanto contra la opresión interna como contra la conquista extranjera.
A pesar de todas nuestras riquezas y nuestra fama, ¡qué peligrosa evasión hicimos recientemente de peligros que se debían, no tanto a una mala conducta y al poco éxito en la guerra, como a la práctica perniciosa de hipotecar nuestras finanzas, y a la máxima aún más perniciosa de no saldar jamás nuestras deudas! Unas medidas tan fatales jamás habrían sido adoptadas de no ser para asegurar un establecimiento precario.111
Pero para convencernos de que un título hereditario ha de preferirse a uno parlamentario, el cual no está respaldado por ninguna otra mira o