sostenía el pueblo. La misma observación puede hacerse extensiva a Dinamarca y Suecia. Nadie debe considerar las inmensas muchedumbres de gentes que antiguamente procedían del norte e inundaban toda Europa como una objeción a esta opinión. Cuando una nación entera, o incluso la mitad de ella, cambia de residencia, es fácil imaginar qué prodigiosa multitud deben formar, con qué valor desesperado deben realizar sus ataques y cómo el terror que infunden en las naciones invadidas hará que estas agiganten, en su imaginación, tanto el valor como la multitud de los invasores. Escocia no es ni extensa ni populosa, pero si la mitad de sus {p166} habitantes buscasen nuevos asentamientos, formarían una colonia tan grande como los teutones y cimbrios, y harían temblar a toda Europa, suponiendo que esta no se encuentre en mejor condición de defensa que antiguamente.
Alemania tiene sin duda hoy en día veinte veces más habitantes que en la antigüedad, cuando no cultivaban la tierra y cada tribu se enorgullecía de la extensa desolación que sembraba a su alrededor, como aprendemos de César, de Tácito y de Estrabón.
Una prueba de que la división en pequeñas repúblicas no bastará por sí sola para hacer populosa a una nación, a menos que vaya acompañada del espíritu de paz, orden e industria.
La bárbara condición de Britania en tiempos pasados es bien conocida, y la escasez de sus habitantes puede conjeturarse fácilmente, tanto por su barbarie como por una circunstancia mencionada por Herodiano, a saber, que toda Britania era pantanosa, incluso en tiempos de Severo, después de que los romanos se hubieran establecido plenamente en ella durante más de un siglo entero.
No es fácil imaginar que los galos estuvieran antiguamente mucho más avanzados en las artes de la vida que sus vecinos del norte, puesto que