políticas eternas que ni el tiempo ni los accidentes pueden alterar. Puede parecer extraño, dice aquel político, que unas conquistas tan repentinamente logradas como las de Alejandro fuesen afianzadas con tanta paz por sus sucesores, y que los persas, a lo largo de todas las confusiones y guerras civiles de los griegos, jamás hiciesen el menor intento por recuperar su anterior gobierno independiente. Para convencernos acerca de la causa de este notable acontecimiento, podemos considerar que un monarca puede gobernar a sus súbditos de dos maneras diferentes. * Puede seguir las máximas de los príncipes orientales y extender su poder hasta el punto de no dejar ninguna distinción de rangos entre sus súbditos que no provenga directamente de él; ninguna ventaja de nacimiento; ningún honor ni posesión hereditaria y, en una palabra, ningún crédito entre el pueblo salvo el derivado únicamente de su comisión. * O bien un monarca puede ejercer su poder de un modo más apacible, a la manera de nuestros príncipes europeos, y dejar otras fuentes de honor al margen de su favor y su sonrisa: el nacimiento, los títulos, las posesiones, el valor, la integridad, el saber o las grandes y afortunadas hazañas. En el primer tipo de gobierno, tras una conquista, resulta imposible sacudirse jamás el yugo, puesto que nadie posee entre el pueblo el crédito y la autoridad personal suficientes como para iniciar semejante empresa; mientras que, en el segundo, la menor desgracia o discordia de los vencedores {p236} animará a los vencidos a tomar las armas, pues cuentan con líderes dispuestos a instigarlos y conducirlos en cualquier
Tal es el razonamiento de Maquiavelo, que me parece muy sólido y concluyente, aunque desearía que no hubiera mezclado la falsedad con la