¿Es nuestra constitución muy mala? Entonces una desconfianza y aprensión tan extraordinarias a causa de los cambios están mal ubicadas, y un hombre no debería estar más ansioso en este caso que un marido, que se hubiera casado con una mujer de los burdeles, debiera estarlo para prevenir su infidelidad. Los asuntos públicos en semejante constitución han de ir necesariamente a la confusión, por cualesquiera manos que sean conducidos, y el celo de los patriotas es mucho menos necesario en ese caso que la paciencia y la sumisión de los filósofos. La virtud y las buenas intenciones de Catón y Bruto son muy loables, ¿pero de qué sirvió su celo? De nada sino de apresurar el período fatal del gobierno romano, y hacer sus convulsiones y agonías mortales más violentas y dolorosas.
No quisiera que se entendiera que los asuntos públicos no merecen ningún cuidado ni atención. Si los hombres fueran moderados y coherentes, sus pretensiones podrían ser admitidas —o al menos examinadas—. El partido de los comunes aún podría sostener que nuestra constitución, aunque excelente, es susceptible de cierta malversación y que, por lo tanto, si el ministro es malo, es oportuno oponerse a él con el celo adecuado. Y, por otra parte, al partido de la corte se le podría permitir, bajo el supuesto de que el ministro fuera bueno, defender su gestión, y hacerlo también con cierto celo. Solo quisiera persuadir a los hombres de que no discutan como si lucharan pro aris et focis, y de que no transformen una buena constitución en una mala debido a la violencia de sus facciones.115
No he considerado aquí nada de lo que es personal en la presente controversia. En la mejor constitución civil, {p243} donde cada hombre está refrenado por las leyes más estrictas, es fácil descubrir las buenas o malas intenciones de un ministro, y juzgar si su carácter personal merece