fuerte prevención con respecto a la balanza comercial, y el temor de que todo su oro y plata las estén abandonando. Esto me parece, en casi todos los casos, un temor muy infundado, y tan pronto temería {p52} que todos nuestros manantiales y ríos se agotasen como que el dinero abandonase un reino donde hay personas e industria. Conservemos cuidadosamente estas últimas ventajas, y jamás necesitaremos temer perder las primeras.
Fácil es observar que todos los cálculos relativos a la balanza comercial se fundan en hechos y suposiciones muy inciertos.
Se admite que los libros de las aduanas son una base insuficiente de raciocinio; ni el tipo de cambio es mucho mejor, a menos que lo consideremos con todas las naciones y conozcamos también la proporción de las diversas sumas remetidas, lo cual se puede afirmar sin riesgo que es imposible.
Todo hombre que jamás haya razonado sobre esta materia ha probado siempre su teoría, cualquiera que fuese, mediante hechos y cálculos, y mediante una enumeración de todas las mercancías enviadas a todos los reinos extranjeros.
Los escritos del señor Gee sacudieron a la nación con un pánico universal al ver demostrado con claridad, mediante un detalle de pormenores, que la balanza les era desfavorable por una suma tan considerable que los dejaría sin un solo chelín en cinco o seis años.
Pero por suerte han transcurrido desde entonces veinte años, con una guerra exterior costosa, y sin embargo se supone comúnmente que el dinero abunda aún más entre nosotros que en cualquier época anterior.
Nada puede ser más entretenido a este respecto que el Dr. Swift, un autor tan rápido en discernir los errores y absurdos de los demás.