Es muy usual en las naciones ignorantes de la naturaleza del comercio prohibir la exportación de mercancías y conservar entre ellas todo aquello que consideran valioso y útil. No consideran que en esta prohibición actúan directamente en contra de su propósito, y que cuanto más se exporte de cualquier mercancía, más se producirá en el país, de la cual ellos mismos siempre tendrán la primera opción.
Es bien sabido por los eruditos que las antiguas leyes de Atenas hacían criminal la exportación de higos, por considerarse este un fruto tan excelente en el Ática que los atenienses lo juzgaban demasiado delicioso para el paladar de cualquier extranjero; y en esta ridícula prohibición procedían con tanta seriedad que los delatores fueron llamados por ello «sicofantes» entre ellos, a partir de dos palabras griegas que significan higos y descubridor.
Hay pruebas en muchas actas parlamentarias antiguas de la misma ignorancia sobre la naturaleza del comercio, particularmente en el reinado de Eduardo III; y hasta el día de hoy en Francia la exportación de grano está casi siempre prohibida —con el fin, según afirman, de prevenir las hambrunas, aunque es evidente que nada contribuye tanto a las frecuentes hambrunas que tanto afligen a ese fértil país—.
El mismo temor celoso con respecto al dinero ha prevalecido también entre varias naciones, y se requirieron tanto la razón como la experiencia para convencer a cualquier pueblo de que estas prohibiciones no sirven para otro propósito que elevar el tipo de cambio en su contra y producir una exportación aún mayor.
Estos errores, por decirlo así, son groseros y palpables; pero todavía prevalece, aun en naciones bien familiarizadas con el comercio, una