mercancías pudieran venderse en Francia por la décima parte del precio que alcanzarían al otro lado de los Pirineos, sin abrirse camino hasta allí y drenando aquel inmenso tesoro? ¿Qué otra razón hay, en efecto, por la que todas las naciones obtienen actualmente ganancias en su comercio con España y Portugal, sino porque es imposible amontonar dinero, más que cualquier fluido, por encima de su nivel adecuado? Los soberanos de estos países han demostrado que no les ha faltado la voluntad de quedarse con su oro y su plata si ello hubiera sido en algún grado practicable.
Pero así como cualquier masa de agua puede elevarse por encima del nivel del elemento circundante, si la primera no tiene comunicación con el segundo, así también en el dinero, si la comunicación es cortada por cualquier impedimento material o físico (pues todas las leyes por sí solas son ineficaces), puede haber, en tal caso, una desigualdad muy grande de dinero. Así, la inmensa distancia de China, junto con los monopolios de nuestras compañías de Indias {p55}, al obstaculizar la comunicación, preservan en Europa el oro y la plata, especialmente esta última, en mucha mayor abundancia de la que se halla en aquel reino. Pero, a pesar de este gran obstáculo, la fuerza de las causas antes mencionadas sigue siendo evidente. La habilidad y el ingenio de Europa en general superan quizás a los de China en lo que respecta a las artes manuales y las manufacturas, sin embargo, nunca somos capaces de comerciar allí sin una gran desventaja; y si no fuera por los continuos refuerzos que recibimos de América, el dinero descendería muy pronto en Europa y subiría en China, hasta alcanzar casi un nivel en ambos lugares. Ni puede ningún hombre razonable dudar de que esa nación industriosa, si estuviera tan cerca de nosotros como Polonia o Berbería, nos drenaría