presentado jamás una solicitud a un gran hombre, ni de haber hecho avances de amistad a ninguno de ellos. Como ya había pasado de los cincuenta, pensaba pasar el resto de mi vida de esta {p-xx} manera filosófica, cuando recibí, en 1763, una invitación del conde de Hertford, con quien no tenía el menor trato, para acompañarle en su embajada a París, con la perspectiva cercana de ser nombrado secretario de la embajada y, mientras tanto, de desempeñar las funciones de dicho cargo. Este ofrecimiento, por muy tentador que fuera, lo rechacé al principio, tanto porque me rehuía iniciar relaciones con los grandes como porque temía que las cortesías y la alegre compañía de París resultaran desagradables para una persona de mi edad y temperamento; pero al repetir su señoría la invitación, la acepté. Tengo todas las razones, tanto de placer como de interés, para considerarme afortunado por mis relaciones con aquel noble, así como después con su hermano, el general Conway.
Aquellos que no han visto los extraños efectos de las Modas, jamás podrán imaginar el recibimiento que se me dio en París por parte de hombres y mujeres de todos los rangos y condiciones. Cuanto más me apartaba de sus excesivas cortesías, más se me abrumaba con ellas.
Existe, sin embargo, una verdadera satisfacción en vivir en París, debido al gran número de personas sensatas, cultas y educadas de las que rebosa esa ciudad por encima de todos los lugares del universo. Pensé alguna vez en establecerme allí para siempre.
Fui nombrado secretario de la embajada; y en el verano de 1765, lord Hertford me dejó, al ser nombrado lord teniente de Irlanda. Fui chargé d’affaires hasta la llegada del duque de Richmond, hacia finales de año. A principios de 1766 dejé París, y el verano siguiente fui a Edimburgo, con la misma intención que antes de sepultarme en un retiro filosófico. Regresé a ese lugar, no más rico, pero con mucho más dinero y unos ingresos mucho mayores, por medio de la amistad de lord Hertford, que