rara vez ha tenido lugar en algún grado, y casi nunca en toda su extensión; y que, por tanto, debe admitirse también algún otro fundamento de gobierno.
Si todos los hombres poseyeran un respeto tan inflexible por la justicia que, por sí mismos, se abstuvieran por completo de las propiedades ajenas, habrían permanecido para siempre en un estado de absoluta libertad, sin estar sujetos a ningún {p182} magistrado ni sociedad política; pero este es un estado de perfección del cual se considera con razón que la naturaleza humana es incapaz.
Por otra parte, si todos los hombres poseyeran un entendimiento tan justo como para conocer siempre su propio interés, no se habría aceptado jamás ninguna forma de gobierno que no estuviera establecida sobre el consentimiento y que no hubiera sido debatida a fondo por cada miembro de la sociedad; pero este estado de perfección es asimismo muy superior a la naturaleza humana.
La razón, la historia y la experiencia nos muestran que todas las sociedades políticas han tenido un origen mucho menos preciso y regular; y si uno tuviera que elegir un período de tiempo en el que el consentimiento del pueblo fuera el menos tenido en cuenta en las transacciones públicas, sería precisamente en el establecimiento de un nuevo gobierno. En una constitución establecida, sus inclinaciones suelen ser tenidas en cuenta; pero durante el furor de las revoluciones, las conquistas y las conmociones públicas, la fuerza militar o la astucia política suelen decidir la controversia.
Cuando se establece un nuevo gobierno, por el medio que sea, el pueblo suele estar descontento con él y le obedece más por miedo y necesidad que por cualquier idea de lealtad u obligación moral. El príncipe es vigilante y receloso, y debe cuidarse con atención de todo inicio o apariencia de insurrección.