præsenti.” Se ha de señalar que Gordiano era un muchacho de catorce años de edad.
Frecuentes instancias de análoga naturaleza ocurren en la historia de los emperadores; en la de los sucesores de Alejandro y en la de muchos otros países.
Ni puede haber nada más infeliz que un gobierno despótico de esa clase, donde la sucesión es inconexa e irregular, y debe determinarse en cada ocasión por la fuerza o la elección.
En un gobierno libre el asunto es a menudo inevitable y resulta también mucho más peligroso. Los intereses de la libertad pueden conducir allí frecuentemente al pueblo, en su propia defensa, a alterar la sucesión de la corona, y la constitución, al estar compuesta de partes, puede conservar aún una estabilidad suficiente al apoyarse en los miembros aristocráticos o democráticos, aunque el monárquico sea alterado de cuando en cuando para acomodarlo a los primeros.
En un gobierno absoluto, cuando no hay un príncipe legal que tenga derecho al trono, puede determinarse con seguridad que pertenece al primer ocupante. Casos de este tipo son demasiado frecuentes, especialmente en las monarquías orientales. Cuando cualquier estirpe de príncipes se extingue, la voluntad o designación del último soberano será considerada como un título. Así, el edicto de Luis XIV, que llamaba a los príncipes bastardos a la sucesión en caso de la falta de todos los príncipes legítimos, habría tenido, en tal evento, cierta autoridad.104 Así la voluntad de {p191} Carlos II dispuso de toda la monarquía española. La cesión del antiguo propietario, especialmente cuando se une a la conquista, también se estima como un título muy válido. El vínculo general de obligación que nos une al gobierno es el interés y las necesidades de la sociedad, y esta obligación es muy fuerte. La determinación del mismo hacia este o aquel príncipe particular o forma de gobierno es