Si todo hombre poseyera la sagacidad suficiente para percibir en todo momento el fuerte interés que lo liga a la observancia de la justicia y la equidad, y la fortaleza mental suficiente para perseverar en una adhesión firme a un interés general y lejano, en oposición a los halagos del placer y la ventaja presentes, jamás habría existido cosa tal como el gobierno o la sociedad política, sino que cada hombre, siguiendo su libertad natural, habría vivido en entera paz y armonía con todos los demás.
¿Qué necesidad hay de leyes positivas donde la justicia natural es, por sí misma, un freno suficiente?
¿Por qué crear magistrados donde nunca surge desorden o iniquidad alguna?
¿Por qué abjurar de nuestra libertad nativa cuando, en cada caso, se descubre que el mayor ejercicio de esta es inocente y beneficioso?
Es evidente que si el gobierno fuera totalmente inútil jamás podría tener cabida, y que el único fundamento del deber de lealtad es la ventaja que procura a la sociedad al preservar la paz y el orden entre los hombres.
Cuando varias sociedades políticas se erigen y mantienen una gran comunicación entre sí, se descubre de inmediato que un nuevo conjunto de reglas es útil en esa situación particular {p248} y, en consecuencia, adquieren vigencia bajo el título de «Leyes de las Naciones».
De este tipo son la inviolabilidad de las personas de los embajadores, la abstención de armas envenenadas, el dar cuartel en la guerra y otras de esa índole, las cuales están claramente ideadas para la ventaja de los estados y reinos en sus relaciones mutuas.