Hay algo, por tanto, en este asunto que va más allá de la mera transferencia de propiedad de unas manos a otras. En quinientos años, la posteridad de quienes hoy van en los carruajes y la de quienes van en los pescantes probablemente habrán cambiado de lugar, sin que estas revoluciones afecten al público.
Supóngase que el público llega una vez razonablemente a esa condición a la que se precipita con tan asombrosa rapidez; supóngase que la tierra es gravada con dieciocho o diecinueve chelines por libra (pues jamás podrá soportar los veinte enteros); supóngase que todos los impuestos indirectos y aranceles aduaneros son elevados al máximo que la nación puede soportar, sin perder por completo su comercio y su industria; y supóngase que todos esos fondos están hipotecados a perpetuidad, y que la inventiva y el ingenio de todos nuestros proyectistas no hallan ningún nuevo gravamen que pueda servir de fundamento a un nuevo empréstito; y consideremos las consecuencias necesarias de esta situación.
Aunque el estado imperfecto de nuestro conocimiento político y las limitadas capacidades de los hombres dificultan predecir los efectos {p91} que resultarán de cualquier medida no probada, las semillas de la ruina están aquí diseminadas con tal profusión que no escapan a la vista del observador más descuidado.
En este estado antinatural de la sociedad, las únicas personas que poseen alguna renta más allá de los frutos inmediatos de su industria son los accionistas, quienes perciben casi toda la renta de la tierra y de las casas, además del producto de todas las aduanas y los impuestos indirectos. > Estos son hombres que no tienen vínculos con el Estado, que pueden disfrutar de su renta en cualquier parte del mundo en la que decidan residir, que naturalmente se sepultarán en la capital, o en las grandes ciudades, y que