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nydus/Hume's Political DiscoursesPublic
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De la fe pública

Parece haber sido costumbre común de la antigüedad proveer en tiempos de paz a las necesidades de la guerra, y atesorar riquezas de antemano como instrumentos ya sea de conquista o de defensa, sin confiar en {p84} impuestos extraordinarios, y mucho menos en los empréstitos, en tiempos de desorden y confusión.

Además de las inmensas sumas antes mencionadas​27 que fueron acumuladas por Atenas, y por los Ptolomeos y otros sucesores de Alejandro, sabemos por Platón que los frugales lacedemonios también habían reunido un gran tesoro; y Arriano y Plutarco​28 especifican las riquezas de las que se apoderó Alejandro en la conquista de Susa y Ecbatana, las cuales se habían conservado, algunas de ellas, desde los tiempos de Ciro.

Si mal no recuerdo, las Escrituras también mencionan el tesoro de Ezequías y de los príncipes judíos, así asienta la historia profana el de Filipo y Perseo, reyes de Macedonia. Las antiguas repúblicas de la Galia tenían comúnmente grandes sumas en reserva. Todo el mundo conoce el tesoro confiscado en Roma por Julio César durante las guerras civiles, y encontramos después que los emperadores más prudentes, Augusto, Tiberio, Vespasiano, Severo, etc., siempre demostraron la prudente previsión de ahorrar grandes sumas para cualquier contingencia pública.

Por el contrario, nuestro recurso moderno, que se ha vuelto muy general, consiste in hipotecar los ingresos públicos y confiar en que la posteridad, durante la paz, pagará las deudas contraídas durante la guerra precedente; y ella, teniendo ante sus ojos un ejemplo tan bueno de sus sabios padres, confía con la misma prudencia en su posteridad, la cual al fin, por necesidad más que por elección, se ve obligada a depositar la misma confianza en una nueva posteridad.

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