mutuamente. Incluso bajo príncipes absolutos, el gobierno subordinado de las ciudades es comúnmente republicano; mientras que el de los condados y provincias es monárquico. Pero estas mismas circunstancias, que facilitan la instauración de repúblicas en las ciudades, hacen que su constitución sea más frágil e incierta. * Las democracias son turbulentas. Pues por mucho que el pueblo esté separado o dividido en pequeños partidos, ya sea en sus votos o en sus elecciones, su estrecha convivencia en una ciudad siempre hará que la fuerza de las mareas y corrientes populares sea muy perceptible. * Las aristocracias se adaptan mejor a la paz y al orden, y por ello fueron muy admiradas por los escritores antiguos; pero son celosas y opresivas. En un gran gobierno, concebido con magistral destreza, hay amplitud y espacio suficientes para purificar la democracia desde el pueblo llano —el cual puede ser admitido en las primeras elecciones o en la gestación inicial de la república— hasta los magistrados superiores que dirigen todos los movimientos. Al mismo tiempo, las partes están tan distantes y remotas que resulta muy difícil, ya sea por intriga, prejuicio o pasión, arrastrarlas hacia medidas contrarias al
Inútil es preguntar si semejante gobierno sería inmortal. Admito la justeza de la exclamación del poeta sobre los interminables proyectos de la raza humana: “¡El hombre y para siempre!”. El mundo mismo probablemente no sea inmortal. Pueden surgir plagas tan devastadoras que dejen incluso a un gobierno perfecto a merced de sus vecinos. No sabemos hasta qué extremos el entusiasmo u otros movimientos extraordinarios de la mente humana pueden arrastrar a los hombres, hasta el abandono de todo orden y bien público. Donde la