Ninguna revolución hecha por fuerzas nacionales podrá jamás, sin alguna otra gran necesidad, abolir nuestras deudas y gravámenes, en los cuales está interesado el bienestar de tantas personas.
Y una revolución hecha por fuerzas extranjeras es una conquista, una calamidad con la que nos amenaza el precario equilibrio de poder y que nuestras disensiones civiles probablemente habrán de traernos, por encima de todas las demás circunstancias.