La manera más natural, ciertamente, de fomentar la agricultura es excitar primero otras clases de industria y brindar así al trabajador un mercado inmediato para sus productos y un retorno de aquellos bienes que puedan contribuir a su placer y disfrute. Este método es infalible y universal, y como prevalece más en los gobiernos modernos que en los antiguos, ofrece una presunción de la mayor población de los primeros.
Todo hombre, dice Jenofonte, puede ser agricultor; no se requiere arte ni destreza: todo consiste en la industria y la atención a la ejecución. Una prueba sólida, como insinúa Columela, de que la agricultura era muy poco conocida en la época de Jenofonte.
Todas nuestras mejoras y refinamientos posteriores, ¿no han contribuido acaso a la fácil subsistencia de los hombres y, en consecuencia, a su propagación e incremento?
Nuestra superior habilidad en la mecánica, el descubrimiento de nuevos mundos —por los cuales el comercio se ha visto tan ampliado—, el establecimiento de correos y el uso de letras de cambio: todo esto parece sumamente útil para el fomento del arte, la industria y la población.
Si suprimiéramos todo esto, ¡qué freno le impondríamos a toda clase de negocios y trabajo, y qué multitud de familias perecerían de inmediato por necesidad y hambre! Y no parece probable {p142} que pudiéramos suplir el lugar de estos nuevos inventos mediante alguna otra regulación o institución.
¿Tenemos razón para pensar que la policía de los Estados antiguos era de algún modo comparable a la de los modernos, o que los hombres disfrutaban entonces de igual seguridad, ya sea en sus hogares o en sus viajes por tierra o por mar? No dudo en absoluto de que cualquier examinador imparcial nos daría la preferencia en este particular.