Abolir todas las distinciones de partido tal vez no sea practicable, y quizá ni siquiera deseable, en un gobierno libre. Los únicos partidos peligrosos son aquellos que albergan puntos de vista opuestos en lo que respecta a las cuestiones esenciales del gobierno, la sucesión de la corona o los privilegios más considerables que pertenecen a los diversos miembros de la constitución; donde no hay margen para ninguna transacción o avenencia, y donde la controversia puede parecer lo suficientemente trascendental como para justificar incluso una oposición por las armas a las pretensiones de los antagonistas.
De esta naturaleza fue la animosidad mantenida durante más de un siglo entre los partidos en Inglaterra —una animosidad que estalló a veces en guerra civil, que ocasionó violentas revoluciones y que puso en peligro continuado la paz y la tranquilidad de la nación—.
Pero como últimamente han aparecido los más claros síntomas de un deseo universal de abolir estas distinciones partidistas, esta tendencia hacia una coalición ofrece la perspectiva más halagüeña de felicidad futura, y debe ser cuidadosamente acariciada y promovida por todo amante de su país.
No hay método más eficaz para promover un fin tan loable que prevenir todo insulto irrazonable y triunfo de una parte sobre la otra, fomentar las opiniones moderadas, hallar el término medio en todas las disputas, persuadir a cada una de que su antagonista puede a veces tener razón, y mantener un equilibrio en la alabanza y la censura que otorgamos a ambos bandos.