se hundirán en el letargo de un lujo estúpido y regalado, sin espíritu, ambición ni
Adiós a toda idea de nobleza, hidalguía y linaje. Los títulos pueden transferirse en un instante y, al hallarse en un estado tan fluctuante, rara vez se transmiten durante tres generaciones de padres a hijos.
O si permanecieran por mucho tiempo en una misma familia, no otorgan autoridad ni prestigio hereditario a quienes los poseen; y por este medio, las diversas clases de hombres, que forman una especie de magistratura independiente en un Estado, instituida por mano de la naturaleza, se pierden por completo, y todo hombre con autoridad deriva su influencia únicamente de la comisión del soberano.
No queda ningún recurso para prevenir o suprimir las insurrecciones sino los ejércitos mercenarios; no queda recurso alguno para resistir a la tiranía; las elecciones se ven influidas únicamente por el soborno y la corrupción; y, al eliminarse por completo el poder intermedio entre el rey y el pueblo, un despotismo horrible habrá de imperar de manera infalible.
Los terratenientes, despreciados por su pobreza y odiados por sus opresiones, serán totalmente incapaces de ofrecerle oposición alguna.
Aunque el poder legislativo debería tomar la firme resolución de no imponer jamás ningún impuesto que perjudique al comercio y desestimule la industria, les será imposible a los hombres, en materias de tan extrema delicadeza, razonar con tanta justicia como para no equivocarse nunca, o, en medio de dificultades tan apremiantes, no dejarse seducir jamás de su propósito. Las continuas fluctuaciones del comercio exponen a alteraciones continuas en la naturaleza de los impuestos, lo que expone al legislador a cada momento a {p92} el peligro del error tanto voluntario como