panegírico, y que sería imposible que cualquiera de ellos llegara tan lejos de no ser por esta contradicción. Si nuestra constitución es verdaderamente esa noble fábrica, orgullo de Bretaña, envidia de nuestros vecinos, levantada por el trabajo de tantos siglos, reparada a costa de tantos millones y cementada por semejante profusión de sangre; digo que, si nuestra constitución merece en algún grado estos elogios, jamás habría tolerado que un ministro perverso y débil gobernara triunfantemente durante un período de veinte años, cuando se oponían a él los más grandes genios de la nación, quienes ejercieron la más absoluta libertad de lengua y pluma, en el Parlamento y en sus frecuentes llamamientos al pueblo. Pero si el ministro es tan perverso y débil como se insiste con tanto empeño, la constitución debe de adolecer de fallas en sus principios originales, y no se le puede achacar coherentemente el estar socavando la mejor constitución del mundo. Una constitución solo es buena en la medida en que provee un remedio contra la mala administración, y si la constitución británica, hallándose en su mayor vigor y reparada por dos acontecimientos tan notables como la Revolución y la Adjudicación del trono —por los cuales nuestra antigua familia real fue sacrificada a ella—, si nuestra constitución, digo, con tan grandes ventajas no provee en realidad semejante remedio, más bien deberíamos estar agradecidos a cualquier ministro que la socave y nos brinde la oportunidad de erigir en su lugar una constitución mejor.
Me serviría de los mismos tópicos para moderar el celo {p241} de quienes defienden al ministro. ¿Es nuestra constitución tan excelente? Entonces un cambio de ministerio no puede ser un acontecimiento tan terrible, ya que es esencial en tal constitución, bajo cualquier ministerio, tanto el preservarse de la violación como el prevenir toda enormidad en la administración.