Las reglas de la justicia, tales como prevalecen entre los individuos, no están del todo suspendidas entre las sociedades políticas. Todos los príncipes fingen respeto por los derechos de los demás; y algunos, sin duda, sin hipocresía. Todos los días se hacen alianzas y tratados entre estados independientes, que no serían más que un desperdicio de pergamino si la experiencia no demostrase que tienen cierta influencia y autoridad.
Pero he aquí la diferencia entre los reinos y los individuos. La naturaleza humana no puede subsistir de ningún modo sin la asociación de los individuos; y dicha asociación jamás tendría lugar si no se prestase atención a las leyes de la equidad y de la justicia. El desorden, la confusión, la guerra de todos contra todos, son las consecuencias necesarias de una conducta tan licenciosa.
Pero las naciones pueden subsistir sin relacionarse entre sí. Incluso pueden subsistir, en cierto grado, bajo una guerra general. La observancia de la justicia, aunque útil entre ellas, no está respaldada por una necesidad tan fuerte como entre los individuos; y la obligación moral guarda proporción con la utilidad.
Todos los políticos admitirán, al igual que la mayoría de los filósofos, que las razones de Estado pueden, en emergencias particulares, prescindir de las reglas de la justicia e invalidar cualquier tratado o alianza cuya estricta observancia resulte considerablemente perjudicial para cualquiera de las partes contratantes. Pero se confiesa que nada que no sea la más extrema necesidad puede justificar a los individuos en la ruptura de una promesa o en la invasión de las propiedades ajenas.
En una república confederada, como la antigua República Aquea, o los cantones suizos y las Provincias Unidas en los tiempos modernos; como la liga tiene aquí una utilidad peculiar, las condiciones de la unión poseen una santidad y una autoridad peculiares, y su violación sería igualmente