hacen que el gobierno sea tan grande y próspero como hacen felices y prósperos a los individuos. El incremento y el consumo de todos los productos que sirven para el ornato y el placer de la vida son ventajosos para la sociedad porque, al mismo tiempo que multiplican esas gratificaciones inocentes para los individuos, constituyen una especie de reserva de trabajo que, en las urgencias del Estado, puede destinarse al servicio público. En una nación donde no hay demanda de tales superfluidades, los hombres caen en la indolencia, pierden todo disfrute de la vida y resultan inútiles para el público, que no puede mantener ni sostener sus flotas y ejércitos a partir de la industria de miembros tan perezosos.
Los límites de todos los reinos europeos se encuentran en la actualidad casi en el mismo lugar en que estaban hace doscientos años; pero ¡qué diferencia hay en el poder y la grandeza de dichos reinos!, lo cual no puede atribuirse sino al aumento del arte y de la industria. Cuando Carlos VIII de Francia invadió Italia, llevó consigo unos 20 000 hombres; y, sin embargo, este armamento agotó de tal modo a la nación, como sabemos por Guicciardini, que durante algunos años no pudo hacer un esfuerzo tan grande. El difunto rey de Francia, en tiempo de guerra, mantuvo a sueldo a más de 400 000 hombres,10 a pesar de que desde la muerte de Mazarino hasta la suya propia estuvo envuelto en una serie de guerras que duraron cerca de treinta años.
Esta industria es muy fomentada por el saber inseparable de las épocas del arte y el refinamiento; así como, por otra parte, este saber permite al público sacar el mayor provecho de la industria de sus súbditos. Leyes, orden, policía, disciplina: estas jamás pueden llevarse a ningún grado de perfección antes de que la razón humana se haya refinado mediante el ejercicio y mediante una aplicación a las artes más vulgares, al menos, del comercio y las manufacturas.