pueblo que se le confirieran a Demóstenes honores particulares, como a un ciudadano afectuoso y útil a la república. El pueblo, convencido de esta verdad, votó dichos honores; sin embargo, Ctesifón fue juzgado por la γραφη παρανομων. Se aseveró, entre otros argumentos, que Demóstenes no era un buen ciudadano ni afectuoso con la república, y se le pidió al orador que defendiera a su amigo, y por consiguiente a sí mismo, lo cual llevó a cabo mediante aquella sublime pieza de elocuencia que desde entonces ha sido la admiración de la humanidad.
Después de la batalla de Queronea se aprobó una ley, a propuesta de Hipérides, que concedía la libertad a los esclavos y los alistaba en las tropas.35 A causa de esta ley, el orador fue juzgado más tarde mediante la acusación antes mencionada y se defendió, entre otros argumentos, con aquel golpe célebre citado por Plutarco y Longinos. «No fui yo», dijo, «el que propuso esta ley: fueron las necesidades de la guerra; fue la batalla de Queronea». Las oraciones de Demóstenes abundan en numerosos ejemplos de juicios de esta índole y demuestran claramente que nada era más habitual.