No dudo de que fueron en verdad más virtuosos durante la época de los dos Triunviratos, cuando despedazaban su patria común y sembraban la matanza y la desolación sobre la faz de la tierra meramente por la elección de tiranos.
He aquí, pues, un incentivo suficiente para mantener, con el mayor celo, en todo Estado libre, aquellas formas e instituciones mediante las cuales se asegura la libertad, se consulta el bien público y se refrena y castiga la avaricia o la ambición de ciertos hombres.
Nada honra más a la naturaleza humana que verla susceptible de una pasión tan noble, del mismo modo que nada puede ser mayor indicio de mezquindad de corazón en un hombre que verle desprovisto de ella.
Un hombre que solo se ama a sí mismo, sin consideración por la amistad y el mérito, es un monstruo detestable {p239}; y un hombre que solo es susceptible de amistad, sin espíritu público ni consideración por la comunidad, carece de la parte más esencial de la virtud.
Pero este es un tema sobre el cual no es necesario insistir más por el momento.
Hay suficientes fanáticos en ambos bandos que encienden las pasiones de sus partidarios y, bajo el pretexto del bien público, persiguen los intereses y fines de su propia facción.
Por mi parte, siempre preferiré promover la moderación antes que el celo, aunque tal vez la manera más segura de producir moderación en cada partido sea aumentar nuestro celo por el bien público.
Tratemos, por tanto, si es posible, de extraer de la doctrina anterior una lección de moderación con respecto a los partidos en que nuestro país se halla dividido en la actualidad; al mismo tiempo que no permitimos que esta moderación disminuya la diligencia y la pasión con que cada individuo está obligado a buscar el bien de su patria.