Y aunque los antiguos sostenían que, para alcanzar el don de la profecía, se requería una cierta furia o locura divina, se puede afirmar sin temor a equivocarse que, para emitir profecías como éstas, no se necesita más que estar en su pleno juicio, libre de la influencia de la locura y el delirio
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De la fe pública
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