# UNA NUEVA IMAGEN
1
La lección es, creo yo, bastante clara. A falta de instituciones y de educación mediante las cuales el entorno se informe con tanto éxito que las realidades de la vida pública destaquen nítidamente frente a la opinión egocéntrica, los intereses comunes escapan en gran medida por completo a la opinión pública, y sólo pueden ser gestionados por una clase especializada cuyos intereses personales van más allá de la localidad.
Esta clase es irresponsable, ya que actúa sobre información que no es de dominio público, en situaciones que el gran público no concibe, y solo puede rendir cuentas sobre el hecho consumado.
La teoría democrática, al no admitir que las opiniones egoístas no bastan para procurar un buen gobierno, se ve envuelta en un conflicto perpetuo entre la teoría y la práctica.
Según la teoría, la plena dignidad del hombre exige que su voluntad sea, como dice el señor Cole, expresada «en todas y cada una de las formas de acción social».
Se supone que la expresión de su voluntad es la pasión dominante de los hombres, pues se asume que poseen por instinto el arte de gobierno. Pero, según la experiencia evidente, la autodeterminación es solo uno de los muchos intereses de la personalidad humana.
El deseo de ser el dueño del propio destino es un deseo fuerte, pero tiene que adaptarse a otros deseos igualmente fuertes, como el deseo de una buena vida, de paz, de alivio de las cargas.
En las suposiciones originales de la democracia se sostenía que la expresión de la voluntad de cada hombre satisfaría espontáneamente no solo su deseo de autoexpresión, sino su deseo de una vida buena, porque el instinto de expresarse en una vida buena era innato.
Por consiguiente, el énfasis siempre se ha puesto en el mecanismo para expresar la voluntad. El Dorado democrático ha sido siempre un entorno perfecto, y algún sistema perfecto de votación y representación, donde la buena voluntad innata y la capacidad de estadista instintiva de cada hombre pudieran traducirse en acción.
En áreas limitadas y por breves períodos el ambiente ha sido tan favorable, es decir, tan aislado y tan rico en oportunidades, que la teoría funcionó lo suficientemente bien como para convencer a los hombres de que era válida para todos los tiempos y en todas partes.
Luego, cuando terminó el aislamiento, y la sociedad se volvió compleja, y los hombres tuvieron que adaptarse estrechamente unos a otros, el demócrata pasó su tiempo tratando de idear unidades de votación más perfectas, con la esperanza de que de algún modo, como dice el señor Cole, «lograría afinar el mecanismo y ajustarlo tanto como fuera posible a las voluntades sociales de los hombres».
Pero mientras el teórico de la democracia estaba ocupado en esto, se encontraba muy lejos de los intereses reales de la naturaleza humana. Estabaabsorbido por un solo interés: el autogobierno. La humanidad estaba interesada en toda clase de otras cosas, en el orden, en sus derechos, en la prosperidad, en las vistas y los sonidos y en no aburrirse.
En la medida en que la democracia espontánea no satisface sus otros intereses, la mayoría de los hombres la consideran una cosa vacía la mayor parte del tiempo. Como el arte del autogobierno exitoso no es instintivo, los hombres no desean el autogobierno por sí mismo durante mucho tiempo. Lo desean en aras de los resultados. Por eso el impulso hacia el autogobierno es siempre más fuerte como protesta contra las malas condiciones.
La falacia democrática ha sido su preocupación por el origen del gobierno en lugar de por los procesos y los resultados. El demócrata siempre ha supuesto que si el poder político pudiera derivarse de la manera correcta, sería beneficiente. Toda su atención se ha centrado en la fuente del poder, ya que está hipnotizado por la creencia de que lo fundamental es expresar la voluntad del pueblo, primero porque la expresión es el interés más alto del hombre, y segundo porque la voluntad es instintivamente buena.
Pero ninguna cantidad de regulación en el nacimiento de un río controlará por completo su comportamiento, y mientras los demócratas han estado absortos en tratar de encontrar un buen mecanismo para originar el poder social, es decir, un buen mecanismo de votación y representación, han descuidado casi cualquier otro interés de los hombres.
Pues no importa cuál sea el origen del poder, el interés crucial radica en cómo se ejerce el poder. Lo que determina la calidad de la civilización es el uso que se hace del poder. Y ese uso no puede controlarse en la fuente.
Si intentas controlar el gobierno por completo en la fuente, inevitablemente haces que todas las decisiones vitales sean invisibles.
Pues como no existe un instinto que tome automáticamente decisiones políticas que produzcan una buena vida, los hombres que ejercen realmente el poder no solo no logran expresar la voluntad del pueblo, porque sobre la mayoría de las cuestiones no existe voluntad alguna, sino que ejercen el poder según opiniones que están ocultas al electorado.
Si, por lo tanto, arrancas de raíz de la filosofía democrática toda la suposición en todas sus ramificaciones de que el gobierno es instintivo, y que por tanto puede ser manejado por opiniones egocéntricas, ¿qué se hace de la fe democrática en la dignidad del hombre? Adquiere una nueva vida al asociarse con toda la personalidad en lugar de con un aspecto mezquino de esta. Pues el demócrata tradicional apostó la dignidad del hombre a una suposición muy precaria, la de que exhibiría esa dignidad instintivamente en leyes sabias y un buen gobierno. Los votantes no hicieron eso, y así el demócrata quedaba siempre haciendo un papel un tanto ridículo ante los hombres de mentalidad dura. Pero si, en lugar de colgar la dignidad humana de la única suposición sobre el autogobierno, insistes en que la dignidad del hombre requiere un nivel de vida en el cual sus capacidades se ejerzan adecuadamente, todo el problema cambia. Los criterios que entonces aplicas al gobierno son si este produce un cierto mínimo de salud, de vivienda digna, de necesidades materiales, de educación, de libertad, de placeres, de belleza, no simplemente si a costa de todas estas cosas vibra al compás de las opiniones egocéntricas que por casualidad flotan en la mente de los hombres. En la medida en que estos criterios puedan hacerse exactos y objetivos, la decisión política, que es inevitablemente asunto de comparativamente pocas personas, se pone en realidad en relación con los intereses de los hombres.
No hay perspectiva, en ningún tiempo que podamos concebir, de que todo el entorno invisible sea tan claro para todos los hombres que estos lleguen espontáneamente a opiniones públicas sensatas sobre la totalidad de los asuntos de gobierno.
Y aun si hubiera una perspectiva, es sumamente dudoso que muchos de nosotros deseáramos molestarnos, o que nos tomáramos el tiempo de formarnos una opinión sobre «toda y cada una de las formas de acción social» que nos afectan.
La única perspectiva que no es visionaria es que cada uno de nosotros, en su propio ámbito, actúe cada vez más basándose en una imagen realista del mundo invisible, y que desarrollemos cada vez más hombres expertos en mantener estas imágenes realistas.
Fuera del margen bastante estrecho de nuestra propia atención posible, el control social depende de concebir normas de vida y métodos de fiscalización con los que se miden los actos de los funcionarios públicos y los directores industriales.
No podemos nosotros mismos inspirar o guiar todos estos actos, como el demócrata místico siempre ha imaginado. Pero podemos incrementar constantemente nuestro control real sobre estos actos insistiendo en que todos ellos sean claramente registrados, y sus resultados medidos objetivamente.
Tal vez deba decir que podemos esperar progresivamente insistir. Pues la elaboración de tales normas y de tales auditorías apenas ha comenzado.