—Tal vez —dijo Hope con tono glacial—, te gustaría que él fuera el novio. Si es así, todavía estás a tiempo.
—¡Tonto! —Lo tomó del brazo—. Como ya me han comprado, sabes muy bien que no puedo huir de mi comprador.
“Hace un momento negaste haberte vendido. Me parece, Lucy, que voy a casarme con una veleta”.
“Eso no es más que un nombre grosero para una mujer, querido. No tienes sentido del humor, Frank, o me llamarías una Dama de Abril”.
—Porque cambias cada cinco minutos. ¡Mjum! Es desconcertante.
—¿De veras? Quizá prefieras que me parezca a la viuda Anne, que siempre va de entierro. Hela ahí, con aspecto de Níobe.
Para entonces paseaban por el pueblo de Gartley, y los aldeanos salían a las puertas y cancelas de sus casas para mirar a la hermosa joven pareja. Todo el mundo sabía del compromiso y lo aprobaba, aunque algunos insinuaban que a Lucy Kendal le habría convenido más casarse con el baronet soldado.
Entre ellos se encontraba la viuda Anne —quien en realidad era la señora Bolton, madre de Sidney—, una mujer sombriza ataviada invariablemente con luto rancio, pesado y agresivo, a pesar de que su esposo había muerto hacía más de veinte años.
A causa de este mismo luto, y porque siempre hablaba de los muertos, la llamaban «viuda Anne», y ella consideraba tal apelativo como un cumplido a su fidelidad. En el momento presente estaba de pie a la verja de su diminuto jardín, enjugándose los ojos rojos con un pañuelo deslucido.
“Ah, el amor joven, el amor joven, mi lady”, gimió ella cuando la pareja pasó, pues siempre le daba a Lucy un título como si realmente se hubiera