Sus rasgos eran pequeños y pulcros, pero sus grandes ojos azules eran tan notables y tiernos que aquellos hacia quienes los dirigía ignoraban la falta de osadía en su barbilla y su nariz. Su cabello era castaño y estaba peinado a la última moda, mientras que su cutis era tan fresco y rosado que, si se maquillaba —como afirmaban las mujeres celosas—, debía de ser toda una artista con la pata de liebre, el botecito de colorete y la imprescindible borla de polvos.
Los vestidos de la señora Jasher recompensaban el cuidado que les dedicaba, y era tan artística en esto como en otras cosas. Ataviada con un traje de color amarillo azafrán, de mangas cortas para dejar al descubierto sus hermosos brazos y escotado para lucir su espléndido busto, lucía perfectamente vestida.
Una mujer habría declarado que el encaje negro de malla ancha con el que estaba adornado el vestido era barato, y habría insinuado que la viuda llevaba demasiadas joyas en el cabello, en el corsé, alrededor de los brazos, y anillos ridículamente llamativos en los dedos. Esto bien podría haber sido cierto, pues la señora Jasher brillaba como la Vía Láctea en cada movimiento; pero el destello del oro y el fulgor de las gemas parecían irle bien a su opulenta belleza.
Su más leve movimiento esparcía a su alrededor un extraño perfume chino, que obtenía —según decía— de un amigo de su difunto esposo que estaba en la Embajada británica en Pekín. Nadie poseía este perfume en particular salvo la señora Jasher, y cualquiera que la hubiera conocido antes, al encontrársela en la oscuridad, habría podido adivinar su identidad.
Con una sonrisa que dejaba ver sus dientes blancos, con su vestido de tonalidad dorada y sus joyas relucientes, la bonita viuda resplandecía en aquella penumbrosa habitación como un ave tropical.