Como la persecución de los fugitivos había durado todo el día, todos —policías, aldeanos y soldados— estaban cansados y desanimados. En consecuencia, cuando los tres hombres se encontraron cerca del Fuerte, parecía haber poca gente por los alrededores.
Menos mal, ya que los habrían seguido hasta el muelle, y obviamente era mejor mantener el extraño encuentro con el capitán Hervey tan en secreto como fuera posible.
Sin embargo, don Pedro le había contado sus planes al inspector Date, ya que era imposible pasar sin ser descubierto por la casita de la difunta señora Jasher, donde el oficial se había instalado. Date estaba muy de acuerdo en que fueran los tres, pero puso como condición ir también. Había oído hablar mucho del capitán Hervey en relación con la momia y pensó que le gustaría hacerle al marino un par de preguntas capciosas.
—Y si lo creo conveniente, lo retendré hasta que termine la investigación —dijo Date, lo cual era un mero farol, ya que el inspector no tenía orden judicial para detener al Firefly ni para arrestar a su patrón.
Los tres hombres, por lo tanto, se vieron unidos por Date cuando llegaron por el sendero de ceniza a la altura de la casita, y el cuarteto continuó su camino de inmediato, andando entre los juncos y las hierbas hacia el rústico y viejo embarcadero de madera, cerca del cual Hervey tenía la intención de detener su barco.
La noche estaba completamente despejada de niebla, por extraño que parezca, teniendo en cuenta la neblina marina reciente; pero había estado soplando un fuerte viento todo el día y los jirones de niebla se habían disipado por completo.
Una luna llena surcaba los cielos entre una galaxia de estrellas que parpadeaban como diamantes. El aire era gélido, y sus pisadas crujían sobre la tierra, las hierbas y la vegetación áspera bajo sus pies, mientras se dirigían a toda prisa hacia el terraplén.
Cuando llegaron a la cima pudieron ver el muelle con claridad casi bajo sus pies, y a lo distancia las luces brillantes de Pierside. Las formas vagas de los barcos fondeados se vislumbraban sobre el agua, y había un haz de luz donde la luna trazaba un sendero de plata.
Tras una mirada casual, los tres hombres descendieron por la pendiente hacia el muelle. Tres de ellos al menos llevaban revólveres, ya que Hervey era un hombre difícil de enfrentar; pero probablemente Date, que era demasiado necio para medir las consecuencias, iba desarmado.
Tampoco consideró necesario Don Pedro decirle al oficial que él y sus dos compañeros estaban preparados para disparar si fuera preciso. El inspector Date, al ser un inglés prosaico, no habría comprendido tales actos de anarquía en su propio y sobrio país respetuoso de la ley.
Al llegar al embarcadero, don Pedro consultó su reloj, iluminando la esfera al aspirar de su puro hasta avivar un fulgor rojizo. Pasaban apenas de las ocho, y aun mientras miraba, una exclamación de Date le hizo levantar la cabeza. El inspector señalaba corriente afuera hacia un gran buque que se había adentrado hacia la costa tanto como era seguro. Probablemente Hervey los estuviera vigilando con unos prismáticos nocturnos, pues una luz azul brilló de repente en el puente. Don Pedro, tal como había prometido, disparó una pistola, y fue entonces cuando Date se enteró de que sus compañeros iban armados.
—¿Qué diablos has hecho eso para qué? —preguntó con ira—. Hará que mis alguaciles vengan sobre nosotros.
—No me importa, ya que puedes controlarlos —dijo De Gayangos con frialdad—. Tuve que dar la señal.
—Y todos tenemos revólveres —dijo Random rápidamente—. Hervey no es un hombre muy seguro con el que medirse, inspector.
—¿Espera que haya pelea? —dijo Date mientras todos observaban cómo arriaban un bote—. De ser así, podría habérmelo dicho, y yo también habría traído un revólver. No es que crea que haga falta. La sola vista de mi uniforme bastará para demostrarle a este hombre que tengo la ley de mi parte.
—No creo que eso le importe a Hervey —dijo Archie con sequedad—. Todo lo que he visto de él me sugiere que es un hombre singularmente reacio a la ley.
Date rizó el ceño con buen humor.
—Me parece, caballeros, que me han traído a una expedición filibustera —dijo, y pareció disfrutar de la insólita situación. Date había estado envuelto en el algodoncillo de la civilización durante mucho tiempo, pero sus instintos primitivos afloraron a la superficie ahora que tenía que enfrentarse a una más que probable pelea callejera—. Pero no creo que haya ningún combate —dijo con pesar—. Mi uniforme resolverá el asunto.
Sin duda pareció disgustarle considerablemente al capitán Hervey, pues, a medida que la barca se acercaba a la orilla y la luz de la luna revelaba un abrigo claramente oficial, dio una orden. El hombre dejó de remar y la embarcación se meció suavemente, a cierta distancia del muelle.
—Trae usted consigo una buena y altanera compañía, Don Pedro —le espetó Hervey con gran disgusto—. ¡Acaso ese ángel con uniforme militar y botones de latón sea el todopoderoso aristócrata!
—No. Estoy aquí —exclamó Random, riéndose de la descripción, que reconoció—. Mi amigo Hope está conmigo, y el inspector Date. Supongo que te habrás enterado de lo que ha pasado.
—Sí, ya me he enterado de todo —dijo Hervey con acritud—. Supongo que la noticia ya ha recorrido todo Pierside. Bueno, supongo que no es asunto mío. Así que lánzame ese oro para acá, Don Pedro, y yo enviaré los papeles.
“No —le dijo Don Pedro, instigado por Date—. Tiene que bajar a tierra”.
—Supongo que no —dijo Hervey con energía—. Lo que quieres es meterme en un lío.
—Por aquel robo de hace treinta años —rio De Gayangos—. ¡Qué tontería! Vamos. Estás completamente a salvo.
—No voy a aceptar su maldita palabra por buena —gruñó Hervey—. Pero si esos dos caballeros pueden jurar que no hay trampa, iré. De todos modos, puedo fiarme de la palabra de un aristócrata inglés.
—Ven. Estás completamente a salvo —dijo Sir Frank, y Hope repitió sus palabras.
Una vez seguros de esto, Hervey dio una orden y la barca fue remada directamente hasta la playa, justo debajo del muelle. Los cuatro hombres se disponían a bajar, pero Hervey parecía ansioso por evitarles molestias.
—Un momento, muchachos —dijo, saltando a tierra—. Ahora voy junto a ustedes.
Date, siempre suspicaz, extrañaba que el patrón se comportara con tanta cortesía, ya que tenía entendido que Hervey no solía ser un hombre considerado. Asimismo, vio que, cuando el capitán subía por la orilla, el bote, al mando de un oficial —según juzgó el inspector por su uniforme con galones de bronce—, dio marcha atrás hasta el extremo del malecón, donde quedó oscilando contra uno de los pilotes incrustados de conchas.
Hervey por fin llegó al nivel del embarcadero, pero se negó a subir a este. Le hizo señas a Don Pedro y a sus compañeros para que avanzaran hasta el terreno en el que él se encontraba. Además, parecía sumamente ansioso por tomarse su tiempo en la transacción, ya que, incluso después de haberle entregado el rollo de pergamino al peruano y de haber recibido el oro a cambio, se embarcó en una conversación querellante.
Fingiendo dudar de si De Gayangos había traído la suma exacta, abrió la bolsa de lona e insistió en contar el dinero. Don Pedro, como era natural, perdió los estribos ante semejante insulto y juró en español, a lo que Hervey respondió con tal fluidez verbal que cualquiera habría dicho que era un maestro consagrado en el arte de maldecir en castellano.
El escándalo fue considerable, sobre todo porque Random y Hope se estaban riendo de la pelea. Pensaban que Hervey había bebido de más, pero Date —listo por una vez en su vida— no lo creía así. Le parecía que el barco se había dirigido al final del muelle por algún motivo relacionado con la misma razón que inducía al patrón a alargar el tiempo de la reunión entregándose a una disputa innecesaria.
El patrón también iba con los ojos bien abiertos, y exigió que los cuatro hombres permanecieran juntos al principio del muelle.
—Atrévete a jugarme sucio —dijo con el ceño fruncido, después de cerciorarse de que el dinero era exacto—, pero yo tengo mi revólver.
—¡Pues yo también! —exclamó don Pedro indignado, llevando la mano hacia el bolsillo trasero del pantalón—, y si sigue usted hablando con semejante insulto, yo...
—Vaya, qué seguro, a ese juego podemos jugar dos —gritó Hervey, y sacó su propia arma antes de que el español pudiera sacar su Derringer—. Las manos arriba o disparo.
Pero había hecho sin contar con la huéspeda. Mientras encañonaba a De Gayangos, pasó por alto el hecho de que Random y Hope estaban muy cerca. Al momento siguiente, y mientras don Pedro levantaba las manos, el rufián fue encañonado por dos revólveres en manos de dos hombres muy competentes.
“¡Santo cielo!”, exclamó Hervey, bajando el arma. “Solo bromeaba, muchachos.
¡Venga, vuelvan atrás!”
Esto iba dirigido al inspector Date, que había estado con los ojos y los oídos bien abiertos, y que ahora corría hacia el extremo del muelle. Al asomarse, soltó un fuerte grito.
—Ya me lo figuraba, ya me lo figuraba. ¡Aquí están el negro y la momia!
Hervey soltó una maldición y, pasando de largo junto al trío, sin importarle las armas enarboladas, corrió hasta el extremo del espigón y, rodeando a Date con los brazos, saltó con él al mar. Cayeron justo al lado del bote, como pudo ver Random cuando llegó al lugar.
Una andanada confusa de maldiciones se elevó mientras el bote se alejaba del muelle incrustado, con el segundo oficial empujando con un bichero. Hervey y Date estaban en el agua, pero al adentrarse el bote en la luz de la luna, Random —y ahora Hope y De Gayangos, que se habían acercado— vieron una larga forma verde entre los marineros; también, muy claramente, a Cockatoo con su gran cabellera despeinada de color amarillo.
“¡Disparen! ¡Disparen!”, gritaba Date, que forcejeaba con el patrón en el agua poco profunda cerca de la orilla. “No los dejen escapar”.
Hope corrió por el embarcadero y disparó tres tiros al aire, convencido de que las detonaciones llamarían la atención de los cuatro o cinco agentes de policía que hacían guardia en la casita, situada a muy poca distancia.
Random envió una bala al centro del bote, y el segundo oficial disparó inmediatamente también. El proyectil silbó junto a su cabeza y, loco de rabia, sintió la tentación de abalanzarse sobre los rufianes y trabar un combate cuerpo a cuerpo.
Pero De Gayangos lo detuvo con una voz aguda por la ira. Ya se podían oír los gritos y el alboroto de los policías que se acercaban. Cockatoo aferró desesperadamente la caja de la momia verde, mientras los marineros intentaban remar hacia el barco.
Entonces De Gayangos dio un grito y saltó cuando la barca pasó oscilando junto al muelle. Aterrizó justo sobre Cockatoo, y aunque una nube cruzó frente a la luna, Random oyó los disparos que salían rápidamente de su revólver.
Mientras tanto, Hervey se zafó de Date, al tiempo que los agentes de policía llegaban aporreando el muelle y bajando a la playa.
«¡Tiren a la momia y al negro por la borda y naden hacia el barco!», gritó, avanzando con largas brazadas hacia la embarcación.
Esta orden fue muy del agrado de los marineros, ya que no contaban con semejante pelea. Media docena de manos dispuestas aferraron tanto a Cockatoo como a la caja y, a pesar de los gritos del kanaka, ambos fueron arrojados por la borda. Mientras la caja se balanceaba hacia fuera del costado, De Gayangos, haciendo equilibrio en el extremo del bote, le disparó a Cockatoo. El tiro erró al kanaka y perforó el sarcófago. Entonces surgió de este un alarido penetrante de agonía y furia.
“¡Gran Dios!”, exclamó Hope, que estaba observando la batalla, “creo que Braddock está en esa maldita cosa”.
Al momento siguiente, De Gayangos también fue lanzado por la borda, y los marineros subían a Hervey al bote. Este casi zozobró, pero él logró entrar, y la embarcación se dirigió a remo hacia el buque, que volvía a mostrar una fulgurante luz azul.
Random disparó un tiro tras la barca y luego, con los policías, corrió a ayudar a De Gayangos, que forcejeaba en el agua. Se las arregló para sacarlo, y cuando lo tuvo a salvo y sin aliento en la orilla, vio que la barca se acercaba al barco y que Date, desgarrado, mojado y desaliñado, con tres policías, estaba con el agua hasta la cintura, esforzándose por llevar a la orilla a Cockatoo y la caja de la momia, a la cual se aferraba como una lapa. Hope corrió a echar una mano, y en pocos minutos tuvieron al canaca en tierra, luchando como el demonio que era.
Random y De Gayangos se unieron al grupo sin aliento, y Cockatoo quedó sujeto por las garras de dos hombres fuertes —que necesitaron toda su fuerza para retenerlo— mientras Date, advertido por el grito de Hope de lo que había en la caja, forcejeaba con la tapa.
Estaba apenas asegurada y pronto cedió. Entonces los presentes vieron a la luz de la luna el rostro muerto del profesor Braddock, a quien le habían disparado en el corazón.
Al contemplar la escena, Cockatoo se zafó de quienes lo sostenían y, arrojándose sobre su amo, aulló y lloró como si se le fuera a romper el corazón.
En el mismo momento se oyó un silbido burlón procedente de The Firefly, y vieron al gran vapor mercante alejándose lentamente río abajo, aumentando su velocidad con casi cada revolución de la hélice. Braddock había sido capturado, pero Hervey había escapado.
En la investigación sobre el profesor y sobre el cadáver de la señora Jasher, se demostró que Cockatoo había advertido a su amo que el juego había terminado, y le había sugerido a Braddock que escapara escondiéndose en el estuche de la momia. El cadáver del inca Caxas fue colocado en un sarcófago egipcio vacío —en el que fue encontrado más tarde— y Braddock, ayudado por su fiel canaca, llevó el estuche rodando hasta el viejo muelle.
Aquí, en un rincón donde Cockatoo había guardado anteriormente el bote, el profesor se ocultó toda esa noche y todo el día siguiente.
Cockatoo, habiéndose deshecho de su bote hacía mucho tiempo (para que no fuera utilizado como prueba en contra suya y de su amo), corrió a través de la densa niebla y la larga noche hasta Pierside, donde vio al capitán Hervey y lo sobornó con la promesa de mil libras para salvar a su amo. Hervey, tras cerciorarse de que el dinero estaba seguro, ya que estaba depositado bajo un nombre falso en Ámsterdam, aceptó y dispuso embarcar al profesor en el estuche de la momia.
Así fue como Hervey mantuvo a los cuatro hombres conversando en el embarcadero, pues sabía que Cockatoo, con sus propios marineros, estaba embarcando al Profesor dentro del sarcófago de la momia, abajo y bien fuera de la vista. Cockatoo había bajado por la corriente con The Firefly y de este modo no había sido descubierto.
Durante aquel largo día, el desdichado Braddock se habia acurrucado como un sapo en su agujero, temblando ante cada ruido de persecución, pues sabía que todo el pueblo lo estaba buscando. Pero Cockatoo lo había ocultado bien en el estuche, en cuya tapa se habían taladrado agujeros. Tenía brandy para beber y comida para comer, y sabía que podía confiar en el canaco.
Si Date no hubiera sido suspicaz, la estratagema podría haber tenido éxito, pero para salvarse a sí mismo Hervey tuvo que sacrificar al desgraciado Profesor, lo cual hizo sin la menor vacilación. Luego vino el desafortunado disparo del revólver de De Gayangos, que había puesto fin a la malvada vida de Braddock. Era el Destino.
En la investigación judicial se dictó un veredicto de «asesinato premeditado» contra el kanaka, pero se emitió un veredicto de «homicidio justificado» a favor del peruano. Así, Cockatoo fue ahorcado por el doble asesinato y Don Pedro quedó en libertad. Permaneció en Londres el tiempo suficiente para ver a su hija casada con el hombre de su elección, y luego regresó a Lima.
Naturalmente, el asunto dio que hablar mucho más de nueve días, y los periódicos se llenaron de relatos sobre el asesinato y la proyectada huida. Pero Lucy se libró de toda esa publicidad ya que, en primer lugar, su nombre se mantuvo fuera de la imprenta tanto como fue posible y, en segundo, Archie se casó con ella de inmediato y, a las dos semanas de la muerte de su padrastro, se la llevó al sur de Francia y después a Italia. Entre el dinero de él y el que ella heredó de su madre —de los cuales Braddock usufructuaba en vida—, la joven pareja disponía de cerca de mil libras al año.
Seis meses después, sir Frank entró del brazo de su esposa en el pequeño San Remo, donde vivían el señor y la señora Hope. Lady Random lucía singularmente encantadora y, sin duda, se mostraba más habladora. Esta era la primera vez que las dos parejas de enamorados se reunían desde la tragedia, y ahora cada muchacha se había casado con el hombre que amaba. Por lo tanto, había una gran alegría.
«Mi yate está en Monte Carlo», dijo Random, «y voy a ir con Inez a América del Sur. Ella quiere ver a su padre».
—Sí, así es —dijo lady Random—, y queremos que tú también vengas, Lucy; tú y tu querido esposo.
Archie y su esposa se miraron, pero declinaron unánimemente.
—Preferimos quedarnos aquí en San Remo —dijo la señora Hope, palideciendo levemente—. No me tengas por antipática, Inez, pero no soportaría ir al Perú. En mi propia mente está demasiado asociado con aquella terrible momia verde.
“Oh, Don Pedro se lo ha llevado de vuelta a los Andes —explicó Sir Frank—, y ahora descansa en el sepulcro donde fue colocado, hace cientos de años, por los indios, fieles al inca Caxas. Inez y yo vamos a subir a una especie de ciudad prohibida, donde Don Pedro reina como inca, y espero que lo pasemos de maravilla. Me he enterado de que por allí hay caza mayor”.
—¿Y qué pasa con tu vida de soldado? —preguntó Hope, bastante sorprendida de que se estuviera organizando este largo viaje.
—Oh, mi esposo ha dejado el ejército —hizo un puchero Inez—. Sus deberes lo mantenían alejado de mí casi todo el día, y me cansé de quedarme sola.
—Como ve, señora Hope —rió Random alegremente—, he tenido que sucumbir ante la tirana de mi hogar. Iremos a ver esta ciudad de hadas y luego regresaremos a mi casa en Oxfordshire. Allí Inez se establecerá como una auténtica esposa inglesa y yo me convertiré en un hacendado de provincias. Así que, después de todos nuestros problemas, llegará la paz.
—Y como usted no quiere venir a mi país —le dijo Lady Random a su anfitriona—,
no puede negarse a visitar a Frank y a mí en The Grange. Hemos pasado por tantas dificultades juntos que no podemos perdernos de vista.
“No —dijo Lucy, besándola—. Iremos a Oxfordshire.”
Así quedó dispuesto, y al día siguiente el señor y la señora Hope fueron a Monte Carlo para despedir a Sir Frank y a su esposa. Se quedaron en las alturas observando cómo el pequeño y bonito vapor ponía rumbo a América del Sur. Archie advirtió que el rostro de su mujer estaba algo triste.
—¿Te arrepientes de que no hayamos ido, cariño?
“No”, respondió, pasando su brazo por el de él. “Solo quiero estar contigo”.
«Está bien». Le dio una palmada en la mano. «Ahora que hemos vendido todos los muebles en las Pirámides y nos hemos deshecho del contrato de alquiler, no habrá nada que te recuerde a la momia verde».
“Sin embargo, no puedo evitar pensar en mi desafortunado padrastro, en la pobre señora Jasher y en Sidney Bolton. Oh, Archie, por poco que podamos permitirnos, me alegra que le pasemos a la señora Bolton una pequeña suma al año. Después de todo, fue a través de mi padrastro que su hijo encontró la muerte”.
—No estoy del todo de acuerdo contigo, querida. La salvajidad innata de Cockatoo fue la causa, ya que el profesor Braddock no tenía la intención ni el deseo de cometer asesinato. Pero bueno, querida, no pienses más en estas cosas sombrías. Sueña con el momento en que yo sea el presidente de la Real Academia y tú mi lady.
—Ahora soy tu señora. Pero —añadió Lucy, quizá por una asociación de ideas sobre el color y la Academia—, odiaré el verde por el resto de mi vida.
—Qué mala suerte, considerando que es el color de la Naturaleza. Querida mía, en uno o dos años esta tragedia, o mejor dicho, las tres tragedias, parecerán un sueño. No escucharé otra palabra ahora. La momia verde ha salido de nuestras vidas y se ha llevado su mala suerte con ella.
«Amén, que así sea», dijo Lucy Hope, y la feliz pareja se marchó a casa, dejando atrás todas sus penas, mientras el humo del vapor se desvanecía en el horizonte.