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nydus/The Perfume of ErosPublic
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Una víctima

Sylvia se había marchado de Newport. Entonces estaba en Lenox. Fue allí, el otoño anterior, donde su interés por Annandale había comenzado.

El interés se había profundizado tanto que ella le entregó su corazón. Jamás antes se lo había dado a nadie. Annandale lo había tomado y luego, una noche, lo había maltrecho de tal manera que ella pensó que estaba partido.

Él había escrito que no había sido su intención. Su carta había estado llena de remordimientos, de protestas, de mala gramática. Tales cosas pueden atenuar, pero no curan. Solo el tiempo puede lograr eso.

El tiempo es un extraño emoliente. Con su misteriosa potencia suaviza sin que lo sepamos. De repente, un susurro, una brisa que pasa, demuestra que ha hecho su trabajo.

Con Sylvia el tiempo se estaba saliendo con la suya. Furtivamente se había sorprendido a sí misma preguntándose, como se había preguntado Annandale, qué sería de ella, y qué de él, si se pudiera borrar el pasado y renovar los viejos días.

Pero aquellos días se habían ido, decidió. Aunque en esa decisión sefiltraba una duda, no en verdad sobre la partida, sino sobre su actitud y la justicia de esta.

Annandale había pecado. Había pecado con desenfreno, gravemente. Desde una atmósfera de vicio —una atmósfera de la que, bajo pena de su desagrado, le había advertido claramente—, había tambaleado hacia ella, con su contaminación a cuestas, apestando a alcohol, hablando profusamente sobre nada imaginable, y ante su justa reconvención se había vuelto al instante irritable, negándose casi a abandonar la casa.

Tan conmovida y escandalizada había quedado por su estado y por el espectáculo del mismo que, durante un tiempo, el recuerdo de él y de aquello le resultaba repugnante.

A sus propios ojos, se sentía degradada.

Que los hombres bebían, lo sabía. Pero en su esfera social bebían con moderación o bien en antros invisibles para ella. Y precisamente de uno de esos antros venía él, un antro desvergonzado, uno que la manchaba con solo saber de su existencia.

Sí, había pecado, licenciosamente, gravemente, casi imperdonablemente.

Casi, reflexionó ella, pero tal vez no del todo.

En su carta de protesta y arrepentimiento le había dicho que no recordaba nada, absolutamente nada, ni lo más mínimo, salvo una vaga y breve visión de ella misma.

El resto, el principio, el final, los espacios intermedios estaban, le aseguró, en blanco.

Al principio ella había pensado que aquello era una completa tontería.

Pero, más tarde, la sinceridad con la que estaba expresado la impresionó.

Luego, pisándole los talones a esa comunicación, había llegado otra de Orr, que respaldaba lo dicho por Annandale, declarando que todo aquello era perfectamente posible, y añadiendo que, en ciertos temperamentos, la memoria, cuando es influenciada por tóxicos, jugará tretas más extrañas de las que la mente promedio puede creer cómodamente.

Estas cartas no las había contestado. Lógicamente no podía admitir la validez de las afirmaciones que contenían.

Pero el corazón tiene razones que la razón desconoce.

Luego, además, ¿no hay acaso en nuestro interior algo que nos impulsa a creer menos lo que debemos que lo que deseamos?

La razón de Sylvia, guiada por su inexperiencia, se negó al principio a aceptar la idea de que un hombre cuerdo pudiera actuar como lo había hecho Annandale y después olvidarlo por completo. Que hubiera remordimiento era de lo más natural, pero que no quedara memoria de absolutamente nada le parecía absurdo.

Pero ahí estaba la seguridad en contrario de su primo.

Luego, imperceptiblemente, poco a poco, esa seguridad, filtrándose a través de la muchacha entristecida se adueñó de ella, insistiendo en ser reconocida, diciéndole que, aunque su amado había errado, aun al errar, era más digno de compasión que de condena.

Dominado por la bebida —que, según añadió Orr, había prometido abandonar—, había acudido a aquel antro y, contaminado allí, no sabía lo que hacía.

Pero ella, en vez de comprenderlo, ella, que iba a ser suya en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, ella, en su orgullo, lo había despedido.

Él se había equivocado, se decía Sylvia, profunda, gravemente, pero ella también. Lo había condenado cuando debería haberlo disculpado; lo había desdeñado cuando era su solicitud lo que él necesitaba.

Al tener la certera conciencia de ello, fue como si de sus ojos hubiera caído una venda.

Luego, al instante, en su tierna conciencia se vio a sí misma, detestable en su soberbia, una muchacha sin corazón, alguien de quien él, sin duda, se había librado con razón.

Fue durante el proceso de este despertar cuando ocurrió el incendio en Narragansett Pier. Sylvia leyó sobre él. Leyó también acerca de ciertas proezas que los despedidos habían demostrado.

El relato, muy inexacto como suelen serlo tales relatos, estaba también muy recargado, estirado por motivos de espacio mucho más de lo que el espacio valía. Si uno no hubiera sabido la verdad, habría dado por sentado que el heroísmo de Annandale estaba a la altura del de Leónidas en las Termópilas y aun del de Roosevelt en San Juan. A uno lo conmovía bastante.

Esto conmovió a Sylvia. El periódico se le cayó de las manos. Pero el pasado regresó. Al instante le pareció que este podría enmendarse y los viejos días renovarse. Del héroe de quien hablaba el periódico supo ahora que lo había amado por completo, y supo también que por completo aún lo amaba.

El tiempo había hecho su trabajo de forma ridícula, inoportuna, pero al fin y al cabo eficaz.

Pero las puertas de la vida son dobles. En una está escrito «Demasiado pronto». En la otra, «Demasiado tarde». Es una desgracia quedar atrapado entre ambas.

De ese hecho, Sylvia no tardó en ser consciente. Al día siguiente comenzó una carta para Annandale. Antes de que la terminara, llegó una de Fanny en la que anunciaba que iba a ser la esposa de Annandale.

En ciertas crisis de las emociones hay un cierto sentido de irrealidad. Incluso mientras Sylvia leía lo que Fanny decía, no alcanzaba a comprenderlo. Cuando al fin lo hizo, no podía creerlo. Pero ahí estaba. Entonces experimentó de inmediato la agonía que sobreviene cuando batallamos en sueños con lo intangible y el espanto, cuando sabemos que es un sueño y aun así sentimos que es la muerte.

—Todo es culpa mía —exclamó. No encontró otra cosa.

En ese momento se hallaba en esa condición que precede al gran tumulto del llanto, cuando la estrangulación de la agonía se mitiga y los nervios contraídos se relajan. Pero las lágrimas no llegaron.

El dolor era infinito. Había un peso que sentía no por fuera sino por dentro, un peso tan pesado que pensó que no podría soportarlo. La torturaba. Solo su mente estaba activa.

—Es culpa mía —repitió—. Y mi cruz —añadió luego.

De una crisis como esta, en una naturaleza como la suya, el alma sale como de una orgía. Ha cenado dolor. Está alimentada. Deja de mirar atrás.

Mira hacia adelante, maravillándose en verdad de poder mirar siquiera, pero mira.

Las cargas de la vida son más llevaderas de lo que piensan los desesperados. Hasta que los ojos se cierran y el corazón deja de latir, de un modo u otro, pueden llevarse.

Sylvia tomó su cruz. Era de plomo. Pero en el esfuerzo fue auxiliada. El orgullo la ayudó. La ayuda del orgullo podrá ser pobre, ¿pero acaso no es mejor que ninguna? Para Sylvia fue útil. Le permitió responder a la carta de Fanny.

«Tienes mi enhorabuena, querida Fanny», escribió, «toda entera, la mejor y más calurosa, y lo mismo Arthur. Por favor, díselo de mi parte y explícale que, al casarse con mi más querida amiga, él y yo debemos ser también grandes amigos».

Entonces las lágrimas vinieron, raudas, como el repicar de la lluvia. Sobre la mesa donde estaba sentada inclinó la cabeza y sollozó, con espasmos, con sollozos de niña.

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