Lo que comencé a hacer fue envidiar al doctor, que caminaba a la fresca sombra de los bosques, con los pájaros a su alrededor y el agradable olor de los pinos, mientras yo me sentaba a asarme, con la ropa pegada a la resina caliente y tanta sangre a mi alrededor, y tantos pobres cadáveres yacentes por todas partes, que sentí por el lugar un asco casi tan fuerte como el miedo.
Todo el tiempo que estuve fregando el blocao y luego lavando los utensilios de la comida, este disgusto y esta envidia no hacían sino crecer y crecer, hasta que al fin, estando cerca de un saco de pan y sin que nadie me observara entonces, di el primer paso hacia mi escapada y llené ambos bolsillos de mi casaca con bizcocho.
Fui un tonto, si se quiere, y ciertamente iba a cometer un acto necio y temerario, pero estaba decidido a hacerlo con todas las precauciones a mi alcance.
Estas galletas, si algo llegara a sucederme, me mantendrían al menos sin morir de hambre hasta bien entrado el día siguiente.
Lo siguiente de que me apoderé fue de un par de pistolas, y como ya tenía una polvorienta y balas, me sentí bien provisto de armas.
En cuanto al plan que tenía en la cabeza, no era malo en sí mismo. Consistía en bajar por la lengua de arena que separa el fondeadero, al este, del mar abierto, encontrar la roca blanca que había observado la tarde anterior y averiguar si era allí o no donde Ben Gunn había escondido su bote, algo que valía mucho la pena hacer, como sigo creyendo.
Pero como estaba seguro de que no se me permitiría abandonar el fuerte, mi único plan era tomar las de villadiego y escaparme a escondidas cuando nadie vigilaba, y esa era una manera tan mala de hacerlo que convertía la cosa misma en incorrecta. Pero yo no era más que un muchacho y ya lo había decidido.