de laentrada, y supe que los dos borrachos por fin habían sido interrumpidos en su disputa y despertados a la conciencia de su desastre.
Me tendí de espaldas en el fondo de aquella desdichada chalupa y encomendé devotamente mi espíritu a su Creador.
Al final del estrecho di por sentado que debíamos caer en algún banco de rompientes furiosas, donde todos mis problemas terminarían rápidamente; y aunque tal vez podía soportar morir, no podía soportar contemplar mi destino mientras se acercaba.
Así debí de estar yacente durante horas, zarandeado continuamente de un lado a otro por las olas, de vez en cuando salpicado por la espuma marina que volaba, y sin dejar de esperar la muerte en la siguiente inmersión.
Gradualmente se apoderó de mí el cansancio; un entumecimiento, un estupor ocasional, invadieron mi mente aun en medio de mis terrores, hasta que por fin intervino el sueño, y en mi frágil barquilla zarandeada por el mar quedé tendido soñando con el hogar y con el viejo Admiral Benbow.