decir que lo merezco—, pero lo que temo es la tortura. Si vienen a torturarme...
—Jim —lo interrumpió el doctor, y su voz había cambiado por completo—, Jim, no puedo tolerar esto. Salta al otro lado y nos pondremos a salvo corriendo.
—Doctor —le dije—, di mi palabra.
“Lo sé, lo sé —exclamó—.
No podemos remediarlo ya, Jim. Lo cargaré todo sobre mis espaldas, culpa y vergüenza, muchacho; pero quedarte aquí, no puedo consentirlo. ¡Salta! Un salto y estás fuera, y echaremos a correr como antílopes”.
—No —repliqué—, bien sabe usted que no haría tal cosa ni usted mismo; ni usted, ni el señor juez, ni el capitán, y tampoco la haré yo. Silver confió en mí; di mi palabra, y de vuelta voy. Pero, doctor, usted no me dejó terminar. Si vienen a torturarme, se me podría escapar una palabra sobre dónde está el barco; pues conseguí el barco, parte por suerte y parte arriesgándome, y está en el Estrecho del Norte, en la playa del sur, justo por debajo de la marca de la marea alta. Con la marea media debe de estar en seco.
—¡El barco! —exclamó el doctor.
Rápidamente le describí mis aventuras, y él me escuchó en silencio.
“Hay una especie de destino en todo esto”, observó, cuando hube terminado. > “En cada paso eres tú quien nos salva la vida, ¿y por ventura supones que vamos a dejar que pierdas la tuya? Sería una pobre recompensa, muchacho. Descubriste