«Eso es una citación, amigo. Te avisaré si la consiguen. Pero tú mantén los ojos bien abiertos, Jim, y compartiré contigo a partes iguales, te doy mi palabra».
Él vagó un poco más, debilitándose su voz; pero poco después de haberle dado su medicina, que tomó como un niño con el comentario de: «Si alguna vez un marinero necesitó medicinas, ese soy yo», cayó por fin en un sueño profundo y parecido a un desvanecimiento, en el cual lo dejé.
Lo que habría hecho de haber marchado todo bien, no lo sé. Probablemente le habría contado toda la historia al doctor; pues tenía un miedo mortal de que el capitán se arrepintiera de sus confesiones y acabara conmigo.
Pero, tal como se dieron las cosas, mi pobre padre murió bastante repentinamente aquella tarde, lo que dejó de lado todos los demás asuntos. Nuestra natural aflicción, las visitas de los vecinos, los preparativos del funeral y todo el trabajo de la posada que había que continuar mientras tanto, me mantuvieron tan ocupado que apenas tuve tiempo de pensar en el capitán, y mucho menos de tenerle miedo.
Bajó a la planta baja a la mañana siguiente, es verdad, y tomó sus comidas como de costumbre, aunque comió poco y tuvo, me temo, más de su ración habitual de ron, pues se servía él mismo del bar, con el ceño fruncido y resoplando por la nariz, y nadie se atrevía a llevarle la contraria.
En la noche anterior al funeral estaba tan borracho como siempre; y era chocante, en aquella casa de duelo, oírle tararear su febril y viejo cantar de marineros; pero, débil como estaba, a todos nos aterraba la idea de que se no muriera, y el doctor se vio de pronto retenido en un caso a muchas millas de distancia, y no volvió a pisar la casa después de la muerte de mi padre.