bandera blanca. Y dice: “Capitán Silver, está usted vendido. ¡El barco se ha ido!”. Bueno, a lo mejor nos habíamos tomado un trago, con una canción para amenizarlo. No voy a decir que no. Al menos, ninguno de nosotros había vigilado. ¡Miramos y, rayos y centellas!, el viejo barco ya no estaba. Nunca he visto a un atajo de tontos poner cara de más idiotas; y puede confiar en mi palabra si le digo que yo puse la cara más de idiota de todos. “Bien —dice el doctor—, hagamos un trato”. Negociamos, él y yo, y aquí estamos; las provisiones, el brandy, el fortín, la leña que usted tuvo la amabilidad de cortar y, por decirlo de algún modo, toda la maldita embarcación, desde las crucetas hasta la sobrequilla. En cuanto a ellos, se han marchado a pie; no sé dónde
Volvió a dar una calada silenciosa a su pipa.
“Y para que no se te meta en esa cabeza tuya —continuó—, que estabas incluido en el tratado, aquí tienes la última palabra que se dijo:
‘¿Cuántos son ustedes —le digo—, para marcharse?’ ‘Cuatro —dice él—, cuatro, y uno de nosotros herido. En cuanto a ese muchacho, no sé dónde está, que lo mil demonios lo lleven —dice—, ni me importa mucho. Ya estamos hartos de él.’ Estas fueron sus palabras”.
—¿Eso es todo? —pregunté.
“Bueno, es todo lo que vas a oír, hijo mío”, replicó Silver.
“¿Y ahora me toca elegir a mí?”
—Y ahora te toca a ti elegir, y puedes apostar a que es así —dijo Silver.