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CAPÍTULO II. SOBRE LA MAGNITUD

Así, como lo expresó Clerk Maxwell, «la ciencia molecular nos pone cara a cara con las teorías fisiológicas. Prohíbe al fisiólogo imaginar que los detalles estructurales de dimensiones infinitamente pequeñas [tales como las que Leibniz suponía, unas dentro de otras, ad infinitum] puedan proporcionar una explicación de la infinita variedad que existe en las propiedades y funciones de los organismos más diminutos». Y por esta razón reprueba, con no indebida severidad, a aquellos defensores de la pangenesia y teorías similares de la herencia, que situarían «todo un mundo de maravillas dentro de un cuerpo tan pequeño y tan carente de estructura visible como un germen». Pero en verdad apenas se necesitaba la crítica de Maxwell para poner de manifiesto las inmensas dificultades físicas de la teoría de la Pangenesia de Darwin: la cual, después de todo, es tan antigua como Demócrito, y no es otra que aquella prometeica particulam undique desectam de la que hemos leído, y de la que nos hemos sonreído, en nuestro Horacio.

Hay muchas otras maneras en las que, al «hacer una larga excursión en el espacio», encontramos nuestras reglas ordinarias de comportamiento físico totalmente trastornadas. Un caso muy familiar, analizado por Stokes, es que la viscosidad del medio circundante tiene un efecto relativamente poderoso sobre los cuerpos por debajo de cierto tamaño. Una gota de agua, de una milésima de pulgada (25 µm) de diámetro, no puede caer en el aire en calma más rápidamente que a una pulgada y media por segundo; y a medida que su tamaño disminuye, su resistencia varía según el diámetro, y no (como ocurre con los cuerpos más grandes) según la superficie de la {45} gota. Así, una gota de la décima parte de ese tamaño (2,5 µm), el tamaño, al parecer, de las gotas de agua en una nube ligera, caerá cien veces más despacio, es decir, una pulgada por minuto; y otra vez una décima parte de este diámetro (digamos 0,25 µm, o aproximadamente el doble de grandes, en dimensiones lineales, que nuestro micrococo), apenas caerá una pulgada en dos horas. En virtud de este principio, no solo las bacterias más pequeñas caen muy lentamente a través del aire, sino que todos los cuerpos diminutos encuentran una gran resistencia proporcional a sus movimientos en un fluido. Incluso organismos comparativamente tan grandes como las diatomeas y los foraminíferos, cargados como están con una pesada concha de sílice o cal, parecen estar suspendidos en el agua del océano, y caen en ella con extrema lentitud.

También hay que contar con el movimiento browniano,〔ese notable fenómeno estudiado hace casi un siglo (1827) por Robert Brown, facile princeps botanicorum. Es uno más de esos fenómenos físicos fundamentales que los biólogos han aportado, o ayudado a aportar, a la ciencia de la física.

El movimiento tembloroso, acompañado de rotación e incluso de traslación, que manifiestan las finas partículas granulares procedentes de un grano de polen triturado, y que Robert Brown demostró que no tenía ningún significado vital, sino que también lo manifiestan todas las partículas diminutas sin excepción, tanto orgánicas como inorgánicas, estuvo durante muchos años sin explicación. Casi cincuenta años después de que Brown escribiera, se dijo que era «debido, bien directamente a algunos cambios calóricos que tienen lugar continuamente en el fluido, o bien a alguna acción química oscura entre las partículas sólidas y el fluido, promovida indirectamente por el calor»52. Muy poco después de que se escribieran estas últimas palabras, Wiener lo atribuyó a la acción molecular, y ahora sabemos que se debe en verdad al impacto o bombardeo de las moléculas sobre un cuerpo tan pequeño que estos impactos no llegan, por decirlo así, a «compensarse» hasta alcanzar una igualdad aproximada en todos los lados por un instante. El movimiento se hace manifiesto con partículas de alrededor de 20 ôç de diámetro, se despliega admirablemente con partículas de unas 12 ôç de diámetro y se vuelve más pronunciado cuanto más pequeñas son las partículas. El bombardeo hace que nuestras partículas se comporten exactamente igual que moléculas de un tamaño poco común, y este {46} comportamiento se manifiesta de varias maneras53. En primer lugar, tenemos el movimiento tembloroso de las

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