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Introducción

continentales de que los grandes y permanentes cambios en las ideas fundamentales de la humanidad no han de lograrse mediante un coup de main—, dirigen sus esfuerzos prácticos hacia fines que parecen más al alcance de la mano, y se contentan con retener toda teoría extrema hasta que se tenga experiencia del funcionamiento de los mismos principios a una escala parcial.

Mientras tal siga siendo el carácter de las clases trabajadoras inglesas, como lo es de los ingleses en general, no es probable que se lancen de cabeza a los extremos temerarios de algunos de los socialistas extranjeros, los cuales, incluso en la sobria Suiza, se declaran satisfechos con empezar por la simple subversión, dejando que la reconstrucción posterior se apañe por sí sola; y por subversión entienden no solo la aniquilación de todo gobierno, sino el despojar a los poseedores de toda clase de bienes para destinarlos al beneficio general; aunque sobre el modo en que esto se hará, afirman, ya habrá tiempo de decidir después.

La profesión de esta doctrina por parte de un periódico público, órgano de una asociación (La Solidarité, publicada en Neuchâtel), es uno de los signos más curiosos de los tiempos. Es improbable que los líderes de los obreros ingleses —cuyos delegados en los congresos de Ginebra y Basilea aportaron la mayor parte del sentido común práctico que allí se mostró— comiencen deliberadamente por la anarquía, sin haberse forjado ninguna opinión sobre qué forma de sociedad debería establecerse en lugar de la antigua. Pero es evidente que cualquier cosa que propongan solo podrá juzgarse debidamente, y los fundamentos de tal juicio hacerse convincentes para el público en general, sobre la base de un examen previo de las dos teorías rivales, la de la propiedad privada y la del socialismo, una u otra de las cuales debe necesariamente aportar la mayoría de las premisas en la discusión. Antes, por

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