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Introducción

Cuando una persona que no ha nacido en la riqueza logra adquirirla, su propia industria y destreza han contribuido generalmente al resultado; pero la industria y la destreza no habrían bastado de no haber existido también una concurrencia de ocasiones y azares que le corresponden en suerte solo a un pequeño número. Si las personas son ayudadas en su carrera terrenal por sus virtudes, también lo son, y tal vez con tanta frecuencia, por sus vicios: por el servilismo y la sicofancia, por el egoísmo duro y tacaño, por las mentiras permitidas y las tretas del comercio, por las especulaciones de juego, no pocas veces por la pura y simple villanía.

Las energías y los talentos son de mucha mayor utilidad para el éxito en la vida que las virtudes; pero si un hombre triunfa empleando la energía y el talento en algo de utilidad general, otro prospera ejerciendo esas mismas cualidades para superar y arruinar a un rival.

Es lo máximo que se atreve a afirmar cualquier moralista el hecho de que, dadas las demás circunstancias, la honradez es la mejor política, y que con igualdad de ventajas una persona honesta tiene más probabilidades que un bribón. Incluso esto, en muchas situaciones y circunstancias de la vida, resulta cuestionable; cualquier cosa más allá de eso está fuera de toda duda.

No puede pretenderse que la honradez, como medio para alcanzar el éxito, cuente tanto como una diferencia de un solo peldaño en la escala social. La conexión entre la fortuna y la conducta es principalmente la siguiente: existe un grado de mala conducta, o más bien de ciertos tipos de mala conducta, que basta para arruinar cualquier caudal de buena fortuna; pero lo inverso no es cierto: en la situación de la mayoría de las personas, ningún grado de buena conducta puede garantizar su ascenso en el mundo sin la ayuda de accidentes afortunados.

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