baratura es la palabra en la que pueden resumirse las ventajas de la competencia ilimitada. ¿Pero por qué persistir en considerar el efecto de la baratura con vistas únicamente a la ventaja momentánea del consumidor? La baratura es ventajosa para el consumidor a costa de introducir las semillas de una anarquía ruinosa entre los productores. La baratura es, por decirlo así, el martillo con el que los ricos entre los productores aplastan a sus rivales más pobres. La baratura es la trampa en la que los especuladores audaces atraen a los trabajadores incansables. La baratura es la sentencia de muerte para el productor a pequeña escala que no tiene dinero para invertir en la compra de maquinaria que sus rivales ricos pueden adquirir fácilmente. La baratura es el gran instrumento en manos del monopolio; absorbe al pequeño fabricante, al pequeño comerciante, al pequeño propietario; es, en una palabra, la destrucción de las clases medias en beneficio de unos pocos oligarcas industriales.
¿Debemos, pues, considerar la baratura como una maldición? Nadie se atrevería a sostener semejante absurdo. Pero es propio de los principios