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Introducción

necesario para ellos, aun si la constitución de la comunidad no lo exigiera, obtener el consentimiento general del cuerpo antes de realizar cualquier cambio en el modo establecido de llevar a cabo el negocio. La dificultad de persuadir a un cuerpo numeroso para que efectúe un cambio en su modo habitual de trabajar —cuyo cambio suele acarrear grandes molestias y cuyos riesgos resultan a su entender más evidentes que sus ventajas— tendría una gran tendencia a mantener las cosas en su rumbo acostumbrado.

En contraposición a esto, debe señalarse que la elección por parte de las personas que están directamente interesadas en el éxito de la obra, y que poseen conocimientos prácticos y oportunidades de juicio, cabría esperar que produzca, como norma general, administradores de mayor habilidad que los azares del nacimiento, los cuales determinan hoy tan a menudo quién ha de ser el dueño del capital.

Esto puede ser verdad; y aunque se pueda replicar que el capitalista por herencia también puede, al igual que la comunidad, designar a un administrador más capaz que él mismo, esto solo lo pondría en el mismo nivel de ventaja que a la comunidad, no en un nivel superior.

Pero debe decirse por otra parte que, bajo el sistema comunista, las personas más capacitadas para la dirección muy a menudo tenderían a rehuir su desempeño. En la actualidad el gerente, incluso si es un empleado a sueldo, tiene una remuneración muchísimo mayor que las otras personas involucradas en el negocio; y están abiertas a su ambición posiciones sociales más elevadas para las cuales su función de gerente es un trampolín. Bajo el sistema comunista ninguna de estas ventajas sería poseída por él; solo podría obtener el mismo dividendo del producto del trabajo de la comunidad que cualquier otro miembro de ella; ya no tendría la

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