Cicerón, tan gran padre de la República; aunque él mismo dispute contra esa opinión en sus propios escritos. Tampoco la agudeza satírica ni la desnuda franqueza de Lucilio, de Catulo o de Flaco fueron prohibidas por decreto alguno. Y en cuanto a asuntos de Estado, la historia de Tito Livio, aunque ensalzaba el bando que sostenía Pompeyo, no fue por ello suprimida por Octaviano César, del bando contrario. Pero que Nasón fuera desterrado por este en su vejez, debido a los poemas licenciosos de su juventud, no fue sino un mero disfraz de Estado para ocultar alguna causa secreta; y además, los libros no fueron ni desterrados ni retirados de la circulación. A partir de aquí no hallaremos sino tiranía en el imperio romano, de modo que no debemos extrañarnos de que se silenciaran libros malos no con menor frecuencia que buenos. Consideraré, por tanto, que ha sido suficiente con presentar aquello sobre lo cual era punible escribir en la antigüedad; a excepción de lo cual, cualquier otro argumento era libre de ser tratado.
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Areopagitica
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