Y cómo aquello se impuso a vuestra Orden precedente, constituida tan bien de antemano, si hemos de dar crédito a aquellos hombres cuya profesión les da motivos para inquirir más, cabe dudar que hubo en ello el fraude de algunos antiguos concesionarios y monopolistas en el negocio de la librería; quienes, bajo el pretexto de que no se estafara a los pobres de su Compañía y de retener justamente la copia de cada cual —lo Dios no quiera que se contradiga—, trajeron a la Cámara diversos colores especiosos que no eran en verdad sino colores, y que no servían a ningún fin a no ser el de ejercer superioridad sobre sus prójimos; hombres que no laboran por ello en una profesión honesta a la que el saber está endeudado, para venir a ser vasallos de otros.
Otro fin se cree que perseguían algunos de ellos al conseguir por petición esta Orden, a saber, que, teniendo el poder en sus manos, los libros malignos pudieran circular con más libertad por el extranjero, como lo demuestra el acontecimiento.
Mas de estos sofismas y elencos de la mercancía no entiendo. Esto sé, que los errores en un buen gobierno y en uno malo son casi igualmente incidentes; pues ¿qué magistrado no puede ser mal informado, y mucho más pronto, si la libertad de imprenta se reduce al poder de unos pocos?
Pero enmendar voluntaria y rápidamente lo que ha sido errado, y en la más alta autoridad estimar un aviso claro más de lo que otros han estimado una espléndida novia, es una virtud (honorables Lores y Comunes) digna de vuestras más altas acciones, y de la cual ninguno puede participar sino los hombres más grandes y sabios.