La verdad y el entendimiento no son mercancías que puedan monopolizarse ni comercializarse mediante bonos, estatutos y normas. No debemos pensar en hacer de todo el conocimiento del país un artículo de primera necesidad, ni en marcarlo y otorgarle licencia como a nuestros paños y enfardados de lana.
¿Qué es sino una servidumbre semejante a la impuesta por los filisteos, la de no tener permitido afilar nuestras propias hachas y rejas de arado, sino que debemos acudir desde todos los rincones a veinte fraguas con licencia?
Si alguien hubiera escrito y divulgado cosas erróneas y escandalosas para la vida honesta, mal uso y desdoro de la estima que su raciocinio tenía entre los hombres, si tras su condena se le dictaminara como única censura que en adelante jamás escribiera sino lo que primero fuera examinado por un funcionario designado, cuya firma debiera añadirse para respaldar su crédito de modo que pudiera ser leído con seguridad; no podría considerarse sino como un castigo ignominioso.
De donde incluir a toda la nación, y a aquellos que jamás hasta ahora han ofendido de tal