carrera donde ha de disputarse aquella guirnalda inmortal, no sin polvo ni calor. Ciertamente no traemos la inocencia al mundo, traemos mucho más bien la impureza; lo que nos purifica es la prueba, y la prueba se hace mediante lo contrario. Aquella virtud, por tanto, que es apenas una doncella en la contemplación del mal, y no conoce lo máximo que el vicio promete a sus seguidores, y lo rechaza, no es más que una virtud en blanco, no pura; su blancura es tan solo una blancura excrementicia. Esa fue la razón por la cual nuestro sabio y serio poeta Spenser, a quien oso reconocer como mejor maestro que Escoto o Aquino, al describir la verdadera templanza en la persona de Guyón, lo introduce junto a su peregrino en la cueva de Mambrú [Mammon] y en el bower de la dicha terrenal, para que pudiera ver y conocer, y aun así abstenerse. Puesto que, por lo tanto, el conocimiento y examen del vicio es en este mundo tan necesario para la constitución de la virtud humana, y el análisis del error para la confirmación de la verdad, ¿cómo podemos explorar con mayor seguridad, y con menos peligro, las regiones del pecado y de la falsedad que leyendo toda clase de tratados y escuchando toda clase de razones? Y este es el beneficio que puede obtenerse de la lectura promiscua de los libros.
Pero del daño que de aquí puede resultar se cuentan ordinariamente tres clases. * Primero, se teme la infección que pueda propagarse; pero entonces todo saber humano y toda controversia en cuestiones religiosas deben desaparecer del mundo, sí, la Biblia misma; pues esta a menudo relata blasfemias sin miramientos, describe el sentido carnal de los hombres malvados con no poca elegancia, presenta a los hombres más santos murmurando apasionadamente contra la Providencia mediante todos